Me encontraba en el inicio del mes de enero con mi familia, disfrutando de una de las tres principales ciudades de la Costa Caribe colombiana. Uno de esos paraísos que damos por hecho porque cada rincón de Colombia lo es. El paisaje paradisíaco indiscutible.
Mi hijo mayor ya nos había informado, previo al viaje que la ocupación de la ciudad estaba por los lados del 87 %, esto ya le había sugerido la hiperpersonalización de una de sus redes sociales de mayor consumo, por lo que presumíamos el tema iba a estar emocionante en cuanto a compartir playa, calles, restaurantes con los demás veraneantes.
El clima estaba perfecto, un sol radiante permanente, cielo azul despejado, con las nubes precisas para que todas las fotos fueran postales, o mejor, posteables. La brisa adecuada e incluso superior a los esperado, por lo tanto, mínima presencia de insectos, entonces la vida era feliz. La brisa en la noche silbaba como en película de terror, sin embargo, eso también hacía de la experiencia algo diferente pues el viento permitía que el agobio propio del calor no apareciera. La ciudad, las playas concurridas, pero no a tal punto que fuera difícil disfrutar o encontrar espacios despejados donde reposar con calma y apreciar la belleza de esta zona costera.
Uno de aquellos días, entre lectura y lectura, cayó en mis manos un artículo que hablaba del overview effect o efecto de visión general. Este efecto se define como un fenómeno psicológico que experimentan los astronautas al ver la tierra desde el espacio y percibir su fragilidad, lo que detona en reflexiones acerca de cómo los humanos estamos viviendo y genera una conciencia superior global.
Conectando esta lectura con mi disfrute en el Caribe, un día, estando en el centro histórico de esta ciudad y desplazándonos en un vehículo contactado por una de las plataformas de movilidad más populares, noté que había pequeños charcos en la vía y esto contrastó bastante con mi percepción sobre el clima durante esos días de verano. Le pregunté al conductor si había llovido y me dijo radicalmente, no, llevamos muchos días sin lluvia, ante mi asombro él me devolvió la pregunta e indagó por qué mi sorpresa, a lo cual le pregunté la razón de aquellos charcos y me dijo con desazón, las construcciones siguen aumentando, los turistas llegando, pero el acueducto y alcantarillado es el mismo de antaño. No tenemos planta de tratamiento de aguas, todo eso que usted ve es agua sucia, de alcantarillas. Esa información generó en mi mente un colapso puesto que, al ser habitante de Medellín, doy por hecho que en todas partes se puede disfrutar de la oportunidad que tengo de contar con una empresa de servicios públicos de lujo.
Si bien no era nuevo para mí el hecho de que allí no sucediera lo mismo, estar inmersa en este entorno donde una cosa es lo que se ve y otra lo que está en el subsuelo, hace que surja cierto sentimiento de culpa. Como si estar allá me hiciera cómplice al actuar como si lo que no vemos no existe y esta es una prueba de que lo que no vemos, sí existe y si está mal lo tenemos que resolver, un poco aprendiendo de esa visión general del astronauta.
Conservo la esperanza de que estos paraísos que tenemos, que queremos seguir visitando, sigan creciendo, pero de forma sostenible, que lo que está en la superficie sea acompañado por lo que está debajo de ella (tecnologías que pensamos que ya están dominadas como un buen acueducto y alcantarillado) y que el disfrute pueda ser pleno no sólo porque la naturaleza ya nos da lo que necesitamos para la desconexión, sino porque el desarrollo que acompaña a estas ciudades sea consistente y perdurable y que los que visitamos esta y otras ciudades en circunstancias similares busquemos que cada vez nuestra huella sea mejor.





