Cuando se piensa en David Manzur surge, de manera casi espontánea, el reconocimiento de su libertad creativa. Un famoso teórico norteamericano, Arthur C. Danto, afirmaba que el presente es la época más fascinante de la historia para una persona que se interese por los problemas del arte.
Son muchas las variables que contribuyen a enriquecer el panorama contemporáneo, pero quizá ninguna resulte tan importante como el reconocimiento de la libertad creativa que permite al artista un despliegue poético, más allá de cualquier límite o esquema normativo.
Gracias a una larga vida totalmente consagrada al trabajo artístico riguroso, David Manzur (Neira, Caldas, 1929) se constituye en un verdadero paradigma de las posibilidades prácticas y conceptuales del arte colombiano contemporáneo, abierto a la autocrítica permanente y, con frecuencia, a cambios radicales.
A comienzos de los años 70, en el momento en el cual su obra se consolida en el constructivismo y la abstracción y es reconocido como maestro de la no figuración, David Manzur decide cuestionar su propio camino y cambiar de rumbo. Quizá percibe que la idea de una obra abstracta, que se explica por sí misma en un contexto en el que predominan los aspectos estéticos y formales, no alcanza para manifestar su visión y pasión por el arte y la vida. A partir de entonces empieza a desplegar su interés por el arte barroco, que constituye una de las claves peculiares de su trabajo artístico hasta el presente.
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El barroco en David Manzur debe entenderse como la vinculación con el horizonte de un arte total, que tiene que ver con todas las esferas del ser humano. Ya en el siglo XVII se entendía la ópera como la obra perfecta que involucraba en su construcción y espectáculo el trabajo coordinado de la música, la literatura, el marco histórico, la dramaturgia, la escenografía, las artes plásticas, el vestuario, la iluminación, la inteligencia y la sensibilidad. La de David Manzur es una especie de ópera pintada, en la cual pueden descubrirse todos estos elementos constitutivos del drama musical.
Y quizá de la ópera procede una especie de desarrollo dramático que se manifiesta, por ejemplo, pero de manera privilegiada, en su continua relación con la figura de san Jorge, que viene a convertirse en un motivo central recurrente de su trabajo y de su pensamiento. Pero también aparece su intenso placer por las formas, que encuentra en las imágenes del caballo un momento cumbre. La exposición “La leyenda de San Jorge”, que presenta la Galería Duque Arango, de Medellín, manifiesta una reflexión de muchos años que involucra todos estos intereses.
La historia de San Jorge no es solo un episodio de los tiempos del cristianismo primitivo, referido al martirio de un soldado romano a comienzos del siglo IV, que unos 600 años después se vincula con la leyenda de su victoria contra un dragón. Solo la riqueza significativa de su historia explica lo que ocurre con un personaje popularizado en la Edad Media, venerado como santo por todas las iglesias cristianas, mencionado en el Corán, santo patrono de numerosas organizaciones, ciudades y naciones alrededor de todo el mundo, vinculado incluso con espiritualidades animistas, y tema de incontables obras de arte.
Sin embargo, los muchos antecedentes y las historias similares en el mundo antiguo y clásico y en todos los continentes hacen pensar que, al igual que en muchos otros casos, estamos ante la conversión en términos cristianos de un mito constitutivo de la conciencia de humanidad que, en este caso, es la lucha del bien contra el mal.
Contra el mal
David Manzur vuelve muchas veces sobre la historia de un San Jorge que se mueve entre el mito y la vida cotidiana, que a veces parece cansado o resignado a la derrota, que quizá olvida quién es el enemigo que se le esconde, o qué sentido tiene un batallar tan largo, y que sigue siendo siempre el caballero que lucha.
Sin embargo, no es fácil persistir en un combate como este, que está encarnado en la historia y que claramente la supera. Un combate que es, al mismo tiempo, infinito, imposible e inútil. En todo caso, la historia de San Jorge de David Manzur nos recuerda que somos humanos solo mientras logremos perseverar en la lucha contra el mal.





