Ansiedad, depresión y riesgo suicida: así está la salud mental en las universidades

Un estudio nacional en el que participó EAFIT encontró que uno de cada ocho universitarios encuestados tiene riesgo suicida y que la depresión opera como su eje central. El hallazgo empuja una pregunta incómoda: si el bienestar estructural pesa más que un hábito aislado, ¿por qué la respuesta sigue siendo tan fragmentada?
Por: María Fernanda Zuluaga Gómez
13 abril, 2026
Foto: tomada de Canva / 1.200 estudiantes de 122 instituciones públicas y privadas fueron encuestados para este estudio.

EAFIT participó en el estudio nacional más ambicioso sobre salud mental en estudiantes de educación superior en Colombia, y los resultados son contundentes: una de cada ocho personas encuestadas reportó riesgo suicida. Las mujeres muestran mayores niveles de ansiedad, depresión y estrés; y el predictor más fuerte del malestar no fue un factor puntual, sino el deterioro del bienestar general. Más que una radiografía de casos aislados, la investigación pone sobre la mesa una discusión de fondo: si el problema es estructural, la respuesta no puede seguir siendo apenas reactiva.

La investigación fue impulsada en el marco de la Alianza 4U —EAFIT, Universidad del Norte, Icesi y CESA— y recogió información de 1.200 estudiantes de 122 instituciones públicas y privadas en 23 departamentos y 35 municipios. No se trata, por tanto, de una encuesta interna, sino de una muestra nacional pensada para aproximarse a una población universitaria que ronda los dos millones de personas.

Isabel Gutiérrez, directora de Estrategia de EAFIT, explicó en entrevista que uno de los propósitos era llenar un vacío estadístico y político. “Este va a ser como la línea base o el punto de partida para poder hacerle seguimiento a los casos de salud mental en jóvenes universitarios”, dijo, al subrayar que el país lleva años sin una medición estatal reciente comparable y enfocada en esta población.

Un problema extendido, no marginal

Los datos descriptivos muestran que el malestar está lejos de ser periférico. En depresión, 34,8% de la muestra quedó en nivel leve, 22,4% en moderado y 17,9% en severo. En ansiedad, a los niveles leves se suman 18,5% en moderado, 15,9% en moderadamente grave y 10,4% en severo.

La brecha de género atraviesa el estudio de punta a punta. Las mujeres presentaron medianas más altas en ansiedad, depresión y estrés, y el dato más duro vuelve a aparecer ahí: 16% reportó riesgo suicida, frente a 8% de los hombres. Isabel Gutiérrez lo resumió así: “Las mujeres reportan el doble de intentos… que los hombres”, un patrón que, según ella, coincide con lo reportado por la literatura internacional.

Tampoco el país aparece homogéneo. Bogotá registró la cifra más alta de intentos reportados, con 16%, mientras el Caribe mostró la más baja, con 6%. En ansiedad y depresión, Bogotá, la región Cafetera y el Sur Occidental se ubicaron por encima de la mediana país, mientras Centro Oriental y Norte-Caribe quedaron por debajo. El informe no fuerza una explicación única, pero sí sugiere que el malestar se distribuye de manera desigual y que los contextos regionales importan.

El hallazgo más grave: uno de cada ocho

Que uno de cada ocho universitarios encuestados tenga riesgo suicida desplaza la discusión fuera del terreno cómodo del “estrés académico”. Ya no se trata solamente de cansancio, adaptación o presión por notas. Eso obliga a mirar la salud mental universitaria no como un problema accesorio, sino como una condición que impacta permanencia, aprendizaje y vida.

La propia Gutiérrez insistió en no banalizar el término. “La ansiedad y la depresión son una enfermedad como cualquier otra y requiere tratamiento especializado”, dijo en entrevista, marcando distancia frente a la tendencia cultural de llamar depresión a cualquier tristeza intensa o ansiedad a cualquier episodio de angustia cotidiana. Su apuesta, más que dramatizar, es desmitificar: nombrar el problema con rigor para distinguir estados emocionales transitorios de cuadros que exigen intervención clínica.

Lo que empuja el malestar

En el modelo estructural del estudio, menos horas de sueño, mayor uso de redes sociales, consumo de sustancias y experiencias de agresión entre pares se asocian con más depresión. El hallazgo no demoniza una sola variable, pero sí muestra un patrón acumulativo: el deterioro no suele venir por una causa aislada, sino por la convergencia de hábitos, vínculos y contextos. En particular, la agresión entre pares emergió como predictor significativo de depresión, y el informe subraya que su impacto sobre el riesgo suicida ocurre precisamente a través de ese aumento del malestar depresivo.

Ahí aparece otro giro relevante. La literatura reciente encuentra asociaciones significativas entre uso problemático de redes, depresión, ansiedad, sueño deficiente y menor bienestar en jóvenes; y la OMS viene insistiendo en que los entornos protectores y la conexión social reducen el riesgo de depresión, ansiedad y conductas autolesivas.

En ese sentido, Manuel Galeano, psicólogo integrativo y transformativo, señaló que hay muchas formas de tratar esos casos, empezando por hacer ajustes en los hábitos diarios e implementar terapias holísticas en las que se utilicen técnicas de respiración, meditación y relajación.

Según él, la medicina psiquiátrica está diseñada para ayudar a contener síntomas, pero no ayuda necesariamente a tratar. “Es como mantener a la persona en un estado medianamente manejable, estable en su vida, pero no lo ayuda a salir o a solucionar el conflicto interno que lo llevó a este estado depresivo o a este estado de ansiedad”, puntualizó.

“El tipo de pensamiento que lleva a estos estados viene de experiencias de vida que generaron una estructura mental específica. Básicamente es la mente la que lleva todo el tiempo al pasado (donde están los depresivos) o al futuro (donde están los ansiosos)”, dijo Galeano quien, además, explicó que los casos que deben remitirse a psiquiatría tienen características específicas, como “ideación suicida, no querer comer o levantarse, no poder llevar una vida normal o si la voluntad de la persona está doblegada ante sus emociones y no tiene capacidad propia de seguir adelante”.

Lo que sigue

Las recomendaciones del informe van en este sentido: salud mental como agenda transversal, acompañamiento psicosocial sólido, mecanismos de cuidado, rutas claras de detección y atención, formación socioemocional y alianzas intersectoriales. No es una lista ornamental. Es la admisión de que el problema rebasa la oficina de bienestar y toca al sistema de salud, a la política pública y a la forma misma en que las universidades entienden el aprendizaje.

La pregunta que deja abierta el estudio no es si los jóvenes están más frágiles que antes, sino si las instituciones —universitarias, sanitarias y estatales— están dispuestas a tratar la salud mental con la misma seriedad con la que miden deserción, rendimiento o empleabilidad. EAFIT y sus aliados ya pusieron una línea base sobre la mesa. El debate, ahora, es si Colombia va a leer esos datos como una suma de casos individuales o como una advertencia sobre el tipo de vida universitaria que está produciendo.

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