Por: Alejandro Álvarez Vanegas
Solemos pensar en la naturaleza como lo verde y lo salvaje, o lo rural y lo campesino. La vemos, en general, como aquello que está por allá, lejos. Pero ¿en realidad se escapa algo de la naturaleza? ¿No es la ciudad parte de ella? ¿Y no lo son también la industria y la tecnología? ¿Y el comercio? Por supuesto que sí. ¿De dónde, si no es de la naturaleza, vienen las materias primas y la energía para manufacturar todos los productos y prestar todos los servicios que disfrutamos hoy? ¿Y a dónde van a dar todos los residuos que generamos después del uso o del consumo para satisfacer necesidades y deseos? No se los traga un hoyo negro: van a dar a la naturaleza. (Y, de hecho, si se los tragara un hoyo negro, también estarían yendo a la naturaleza: ¡no hay escape!).
También los seres humanos –recordémoslo, por más obvio que sea– somos naturaleza: una especie más entre millones. Así las cosas, preguntarnos hacia dónde va la naturaleza implica también preguntarnos hacia dónde va la humanidad con su cultura, su política, su economía, sus tecnologías, su todo. Pero, para los efectos prácticos de este texto, hablemos de los aspectos no humanos de la naturaleza; eso sí, bajo la premisa de que estamos constantemente en interacción con ellos, que la relación es de inevitable interdependencia. Usemos comillas para diferenciarla como una ficción y preguntémonos, pues, cómo está y para dónde va la “naturaleza”.
Límites planetarios
No he encontrado concepto más útil para describir el estado de la “naturaleza” global que aquel propuesto en el 2009 por el Centro de Resiliencia de Estocolmo: los límites planetarios. Este concepto explica que la estabilidad del Sistema Tierra depende de nueve procesos o fenómenos fundamentales que interactúan entre ellos. Pero lo más interesante es que, además de identificarlos, para cada uno de estos nueve procesos se proponen unos límites que no debemos cruzar, pues al hacerlo desestabilizamos el planeta y, así, nos hacemos más difícil el camino hacia estadios superiores para la humanidad (de felicidad, justicia, prosperidad…). Es decir, los límites planetarios definen ese espacio seguro para que operemos como humanidad y, dentro de este, construyamos unos fundamentos sociales justos.
Los límites planetarios se han venido actualizando a través de los años gracias a los avances en la investigación. En el 2009, el análisis arrojó que se habían cruzado tres límites. En el 2015, cuatro. En el 2023, seis. Hoy ya van siete, pues recientemente se compartió evidencia de que la acidificación de los océanos –otra problemática asociada a nuestra adicción a los combustibles fósiles– se pasó del límite establecido como seguro. La aceleradísima pérdida de biodiversidad y el cambio climático son, por si solas, problemáticas de suficiente peso para generar preocupación, pero la crisis es mucho más profunda, pues hay cinco límites más que ya se cruzaron, y debemos actuar con urgencia para evitar más impactos como los que actualmente vemos (el punto de inflexión alcanzado hace poco por los arrecifes de coral, por ejemplo… una tristísima sentencia).
En síntesis, la “naturaleza” no va por buen camino. Al cruzar los límites planetarios hemos venido hipotecando el futuro. Y todo ha venido ocurriendo dentro un marco de grandes desigualdades: no tanto para poner fin a la pobreza, sino más bien para sostener estilos de vida de exceso y derroche. Esto, no lo ocultemos, entristece. Así lo vive la juventud del Valle de Aburrá: en una investigación reciente de la mano de Low Carbon City (todavía no ha sido publicada) pudimos ver que, al preguntársele por el cambio climático y la degradación ecológica, una preocupante mayoría (alrededor de tres cuartas partes) de nuestra juventud piensa que “el futuro es aterrador”.

Sin embargo, en otro estudio encontramos que, cuando se les exponen todos los avances positivos que hemos hecho como humanidad y todas las rutas que se han propuesto para seguir adelante sin cruzar más límites ecológicos (es decir, cuando se les educa para el desarrollo sostenible), las y los jóvenes aumentan su voluntad de acción y se sienten esperanzadas y esperanzados. No dejan de sentir emociones negativas (lo extraño sería no sentirlas, creo yo), pero eso no detiene las ganas de hacer algo al respecto.
Eso es lo que se necesita: actuar decididamente en favor del cuidado del planeta, con la convicción de que tiene sentido hacerlo (incluso si es difícil y no hay certeza sobre el éxito; es decir, con esperanza). Las iniciativas de cambio están por todos lados. Ya sabemos qué hay que hacer: se trata de transformaciones complejas, pero en las cuales ya se tiene un largo camino recorrido. Y sabemos que, si comenzamos a actuar ahora, muy probablemente podremos cambiar el rumbo.

En la publicación “Reimaginar juntos nuestros futuros: un nuevo contrato social para la educación”, dice la UNESCO que los seres humanos debemos entendernos también como seres ecológicos, no solo como seres sociales. La naturaleza (ya sin las comillas) avanza con rapidez hacia una encrucijada quizás definitiva: lograr o no la armonía entre sus dimensiones humanas y no humanas. La elección es nuestra: entendernos como naturaleza y reconquistar el futuro… o arriesgarnos a perderlo del todo.





