*Por: Alejandro Álvarez
Hay muchas razones para perder la esperanza de ver un mundo verdaderamente mejor. Pensemos, por ejemplo, en nuestro escenario político: en momentos clave del debate electoral ha estado sobre la mesa la posibilidad de optar por figuras que buscan la moderación, frente a otras que pretenden polarizar y profundizar la confrontación. Que esta segunda lógica gane terreno –independientemente de cuál sector la encarne en cada momento– es motivo de desesperanza: una democracia que premie la actitud incendiaria sobre la construcción de acuerdos erosiona su propia capacidad de resolver lo que realmente le importa a la gente.
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La situación ambiental global es otro ámbito de aparente desesperanza. El cambio climático sigue acelerándose, la pérdida de biodiversidad continúa en aumento y la situación del agotamiento del agua ha llevado a las Naciones Unidas a hablar de una “bancarrota hídrica global”. A pesar de que la evidencia científica sobre la insostenibilidad del modelo dominante de desarrollo es sólida y de que muchas iniciativas han demostrado que es posible construir bienestar sin transgredir los límites ecológicos del planeta, en general seguimos con las mismas formas de producción y consumo que nos llevan hacia la desestabilización ecológica.
Hay que aclarar algo: no es equivocado decir que, comparado con décadas pasadas, el mundo muestra evidencia de progreso. Es famoso el libro “Factfulness”, de Hans Rosling, que muestra cómo indicadores negativos (esclavitud, trabajo infantil, hambre, etc.) disminuyen, mientras que otros, positivos, (niñas que van al colegio, supervivencia infantil al cáncer, alfabetización básica, entre otros,) aumentan. Sin embargo, lo que a muchas personas del campo de la sostenibilidad nos preocupa, es que esos buenos indicadores puedan mantenerse, pues, por un lado, gran parte de lo bueno que hemos construido ha sido a costa de hipotecar el futuro (el desarrollo material y económico están minando las bases ecológicas que soportan la vida); y, por el otro, seguimos desarrollando herramientas con potencial positivo, pero que se utilizan en gran medida para exacerbar lo que no es tan bueno (la inteligencia artificial, por ejemplo, podría optimizar el uso de recursos y favorecer la inteligencia humana, pero hoy, fuera de que gasta enormes cantidades de energía, pareciera usarse más para reemplazar el pensamiento y para generar contenido desinformativo).
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¿Hay entonces esperanza de un mundo mejor, si lo bueno que hemos construido reposa sobre bases frágiles y lo bueno que estamos creando con frecuencia se usa mal?
Sí, hay –y debe haber– esperanza. Pero una esperanza distinta del optimismo: no la certeza de que el mundo será mejor, sino con la convicción de que actuar en esa dirección tiene sentido, independientemente de cuál sea el resultado. Tiene sentido que actuemos de manera tal que no destruyamos la naturaleza que nos sustenta y de la cual somos parte. Y tiene sentido esperar –¡y trabajar para!– que nuestro país sea un lugar en el que nadie se proponga silenciar ni destripar al otro.
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