Hace un tiempo, por invitación de Comfama, escribí un capítulo sobre la Paca digestora Silva – técnica maravillosa para aprovechar residuos orgánicos– que se incluyó en el libro Culturas regenerativas. Una nueva oportunidad para la Tierra.
El título fue el mismo de esta columna y allí quise no tanto describir cómo se hace una paca (la adecuada implementación de la técnica puede encontrarse fácilmente en YouTube), sino, sobre todo, honrar la labor de Guillermo Silva, el líder comunitario que ha desarrollado y perfeccionado la técnica.
Quiero retomar el asunto en esta columna porque, muy lamentablemente, la correcta disposición de los residuos orgánicos sigue siendo un fenómeno de vergonzosa escasez. Que sigamos enviando miles de toneladas de orgánicos al relleno sanitario es casi tan triste como pensar que Daniel Quintero o Abelardo de la Espriella tienen candidaturas viables a la presidencia de Colombia: dan ganas de llorar.
En el capítulo para el ya mencionado libro explico que, gracias a la paca, convierto mierda en mariposas. ¿Cómo? En el antejardín de mi edificio, en Envigado, me encuentro semanalmente con varias personas del barrio (Christiane, María Isabel, Natalia y Ricardo).
Cada una lleva los residuos orgánicos acumulados durante los últimos siete días, los cuales, en mi caso, incluyen el popó de nuestras dos gatas. En lugar de usar la tradicional arena aglutinante (práctica que lleva a que las heces se tiren al inodoro y las partes aglutinadas terminen en el relleno sanitario), mi esposa y yo optamos por pellets de pino que se deshacen con el orín. Pino orinado y popó van a una caneca que, al estar bien cerrada, no genera olores ni atrae insectos.
A la paca van a dar, pues, los residuos de la cocina de cinco apartamentos, con popó felino incluido. Después de unos ocho encuentros (más o menos dos meses), la paca ha alcanzado el tamaño deseado y sobre ella sembramos siempre alguna planta nectarífera u hospedera.
Mientras que miles de millones de insectos, lombrices y microorganismos presentes en el suelo participan en la degradación de la materia orgánica, sembramos, por ejemplo, cuatro o cinco ejemplares de Asclepia curassavica – planta hospedera donde la mariposa monarca deja sus huevos – que crecen felizmente en ese suelo fértil y rico que se va formando.
Es decir, lo que era popó de gata mezclado con cáscaras y “sobrados” de cocina, se convierte en alimento para las planticas que, al florecer, atraen a la monarca. Esta llega allí a alimentarse y a dejar sus huevos, de los cuales salen pequeñas orugas –glotonas como ellas solas– que pueden aumentar casi dos mil veces su peso antes de convertirse en crisálida y, luego, en una linda mariposa.
¿Se imaginan si en los parques de los barrios, en las unidades residenciales, en los colegios y en las universidades nos dedicáramos a hacer muchas más pacas y a sembrar encima de ellas para enriquecer la biodiversidad? ¿Cuántas emisiones ahorraríamos por el transporte y la indebida descomposición de millones de kilogramos de orgánicos hacia y en el relleno? ¿Con cuántas más especies (no solo de mariposas, sino también de colibrís, abejas, etc.) podríamos compartir esta tierra rica del Trópico? Hasta popó puede procesarse allí… aunque nunca en las descomunales cantidades del que producen algunos políticos; quizás ya sería demasiado.





