Si lográramos reconciliarnos con la idea de que nada es para siempre, si lográramos hacer las paces con la impermanencia como condición inherente e inevitable de la existencia, de la vida misma, podríamos vivir más ligeros de equipaje, más tranquilos. Sin duda, disfrutaríamos más y sufriríamos menos. Lea más columnas de Juanita Gómez Peláez aquí. […]