Por: Carlos Arturo Fernández
Olga de Amaral (Bogotá, 1932) es una de las figuras fundamentales del arte tejido a nivel mundial. La reciente exposición “Olga de Amaral: cuerpo textil” en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, MALBA, del 27 de febrero al 11 de mayo de 2026, con obras desde 1960, permitía recorrer su evolución técnica, estética y conceptual, y descubrir la condición ejemplar de su trabajo creativo.
El auge del tejido en el campo del arte contemporáneo, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, manifiesta una paradoja peculiar. Tras la búsqueda desenfrenada de originalidad que había caracterizado las vanguardias artísticas, y al mismo tiempo que se abren tendencias hacia una desmaterialización profunda de las artes que conducirá a los desarrollos conceptuales, hay un interés creciente por vincularse con las fuentes ancestrales y matéricas del arte.
Remontarse a los orígenes
Es claro que, muchas veces a lo largo de la historia, el arte ha dirigido su mirada hacia el pasado y que, desde finales del siglo XIX, artistas como Gauguin y Picasso pusieron en primer plano el arte primitivo. La paradoja consiste en que el interés de la segunda mitad del siglo XX revela una búsqueda diferente que puede expresarse diciendo que, a diferencia de las vanguardias anteriores, no se plantea el propósito de ser originales sino de remontarse a los orígenes, es decir, de ser originarios. Y en ese retorno al origen del arte, que es la fuente de su esencia, se descubre un universo de posibilidades, despreciado por una tradición intelectualista del arte y la cultura.
Porque la creación artística originaria no se manifiesta a través de la pintura o de la escultura, que aparecen mucho más tarde, sino de actividades como la cestería, la cerámica, la pintura corporal y el tatuaje, las danzas y rituales comunitarios y, por supuesto, los tejidos. Aunque ninguna de esas prácticas artísticas dejó de existir a lo largo de los siglos, en general fueron vistas de forma peyorativa como artes menores, incapaces de encarnar un auténtico significado.
En esta perspectiva histórica, la obra de Olga de Amaral se vincula con uno de los procesos más revolucionarios del contexto contemporáneo que saca el arte de los estrechos límites de la estética formal y lo plantea como manifestación cultural. Es entonces posible descubrir que una práctica como el tejido no se ha limitado jamás a responder a la necesidad cotidiana de cubrirse, sino que, al mismo tiempo, manifiesta simbólicamente diferentes formas de habitar el mundo, incluso dentro de una misma comunidad.
Compromiso con el tejido
Como investigación estética y cultural, el radical compromiso de Olga de Amaral con el tejido abre caminos, experimenta alternativas, toma desviaciones, descubre horizontes y, en síntesis, cambia sin perder su esencia.
Un momento fundamental de su trabajo se manifiesta en Tapiz 342, de 1982, en la colección de la Galería Duque Arango. Compuesto por 11 módulos de 200 x 95 cm cada uno, genera una realidad espacial y arquitectónica que supera el ámbito habitual del tejido y, adicionalmente, con la mezcla de fibras animales teñidas, se acerca a efectos pictóricos que se descomponen en trazos libres y variables. En efecto, los tejidos de Olga de Amaral rompen con la falsa expectativa de verlos solo como pinturas y nos introducen en un contexto que incluye además dimensiones escultóricas, de instalaciones y de ambientes, intensamente matéricos.
Treinta y dos años más tarde, Ombrío 16, de 2014, en lino, yeso, acrílico y laminilla de oro, nos introduce en una realidad inmaterial y metafísica a partir de elementos ancestrales como el fondo dorado y la sugerencia de riquezas culturales que trascienden los límites del tiempo.
En definitiva, el tejido es siempre un texto (tejido y texto son sinónimos en la etimología latina), una creación humana, un cuerpo textil. Y Olga de Amaral es, por tanto, una artista que con hilos, tramas, urdimbres, texturas y combinación de materiales investiga y busca interpretar la vida y el mundo que la rodea.





