Male Correa: volver a los orígenes

Zorra–Sapiens, obra que ocupa nuestra portada en la edición número 914, hace parte de la exposición “Simbiosis” en la que participan Male Correa y Felipe Bedoya.
Por: Opinión
20 noviembre, 2025
Zorra–Sapiens, obra que ocupa nuestra portada, hace parte de la exposición “Simbiosis” en la que participan Male Correa y Felipe Bedoya y que organiza la galería José Amar. Ambos proponen al espectador la incomodidad de preguntas urgentes y “múltiples paradojas entre lo natural y lo artificial, el futuro y lo primigenio y lo que vive enfrentado a lo que se extingue”. Foto: Carlos Tobón

Por: Carlos Arturo Fernández / [email protected]

Durante siglos el arte se planteó como una de las más altas manifestaciones del espíritu, una de aquellas actividades que solo pueden realizar los seres humanos y que, por tanto, nos distingue de los animales y de los demás seres vivos. Y se entendió también como un producto de la libertad que, por tanto, se aparta de los procesos mecánicos de los seres inanimados.

Estas consideraciones filosóficas parecieron incuestionables, al menos en el pensamiento estético occidental y durante un ciclo tecnológico que se extendió hasta finales del siglo XX. En definitiva, en ese contexto, el arte se pudo entender como una creación que, junto con las demás variables de la cultura, nos ubica en un plano superior frente al resto de la realidad y, adicionalmente, nos convierte en la especie dominante que utiliza todo lo demás para su exclusivo beneficio.

Las cosas se complican cuando los procesos culturales de la globalización nos vinculan con tradiciones orientales que reconocen auténticas obras de arte en elementos naturales como ciertos árboles o rocas particulares. Y quizá llegamos a un callejón sin salida cuando las propias creaciones humanas nos exigen dar pruebas de nuestra humanidad, como ocurre cuando muchos programas nos obligan a demostrar que no somos un robot. Esta última situación desencadena la reciente obra de Male Correa (Bogotá, 1967) en la muestra “Simbiosis” que presenta la galería José Amar.

Male Correa nos invita a reflexionar, a través del arte, acerca de los alcances de nuestra condición humana y, de manera especial, acerca de los vínculos que establecemos con el resto de los seres con los cuales compartimos nuestra vida.

Giro en la mirada

De manera esquemática, puede afirmarse que la artista pone en discusión la mirada dominante que nos lleva a considerar el resto de la realidad como seres inferiores y a actuar como si la especie humana no les debiera nada. Contra ello, en cambio, nos descubrimos profundamente interrelacionados y dependientes de los múltiples procesos naturales que configuran la complejidad de lo que nos rodea. En lugar de una actitud avasalladora y depredadora, Male Correa plantea una dirección de la mirada que integra las diversas dimensiones de las realidades que nos constituyen.

No puede quedarse en un mero romanticismo la conciencia contemporánea de que, de manera esencial, todos los elementos que componen nuestro cuerpo son materiales procedentes de la explosión de estrellas remotas, una idea que popularizó Carl Sagan. Y lo mismo puede afirmarse con respecto al mundo vegetal y al mundo animal. No es insignificante que, según se afirma, compartamos el 50 % del ADN con muchas plantas y que ese porcentaje aumente en la relación con los animales, hasta llegar al 99 % en el caso de los chimpancés. Pero, todo esto ¿puede significar algo para un artista?

En palabras de Male Correa, no pertenecemos solo a una especie que es racional, sino que es también mineral, vegetal, animal. Y para profundizar en ese vínculo lo analiza desde su propia existencia, descubriendo indicios de que no somos solo razón, sino que el ser humano es, en definitiva, una integración compleja de numerosas dimensiones. Y para ello recorre a una especie particular de autorretratos en los cuales se presenta en actitudes animales, o integra aspectos botánicos y elementos minerales.

En Zorra – Sapiens (obra que ocupa la portada de esta edición), por ejemplo, establece un paralelo entre posturas de los seres humanos y de los animales para plantear, de esa manera, la necesidad de recuperar los vínculos con nuestros orígenes en el mundo de los seres vivos.

Seguramente el arte merece seguir siendo considerado como una de las más altas manifestaciones del ser humano; pero no porque imponga los valores de su sobresaliente capacidad racional por encima de todo, sino porque se comprende como un ser que viene del mundo, que vive en él en comunión con el resto de la realidad, y que solo en el respeto y defensa de esa multiplicidad puede manifestarse la particularidad de la cultura, de la sensibilidad y del pensamiento.

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