“Esta es la historia que todos hemos contado, y que todos quisiéramos reescribir”.
Desde que me levanto, madre, no tengo tiempo.
Lo decimos casi sin pensar, como cuando se respira o se pestañea. Lo decimos con los ojos medio abiertos, con la cabeza ya en otra parte, con el celular vibrando y la vida empujando. Pero detrás de esa frase tan común y tan “insignificante” se esconde una de las grandes tragedias modernas: creer que el amor puede esperar.
La escena la conoces. Ella, ahí, en la cocina. Con el cabello recogido, la mirada suave y ese “te hice desayunito” que suena a bendición. Y tú, con la mente a mil, buscando las llaves, el bolso, la excusa. Expresas: “Mami, no tengo tiempo”.
Y te vas. Corres hacia algo que parece urgente, sin notar que lo verdaderamente importante se quedó esperándote con un plato tibio sobre la mesa, una mirada calidad y un amor que parece que jamás acabará.
Porque no aplica solo para quienes aún viven con sus madres o seres queridos; también para quienes alguna vez lo hicieron, para los que crecieron entre un “come algo antes de irte” que, a veces, terminaba en disgusto. No porque ella quisiera discutir, sino porque le daba más rabia no poder cumplir ese acto de amor que la alimentaba a ella misma: verte comer. Para una madre, que salgas sin probar bocado duele más que llegar unos minutos tarde a tu destino. Y mientras te despide con un “con mucho cuidado”, no solo piensa en que estés bien en ese instante, sino en que lo estés durante todo el día.
Todos hemos tenido alguna vez una voz que nos cuidó en silencio. La vida moderna nos llenó de velocidad, pero también nos robó la pausa. Corremos hacia el trabajo, hacia el estudio, hacia la “productividad”, mientras el alma se nos queda atrás, sin aire, mirando cómo dejamos pasar los instantes que más valen.
Y no lo notamos, porque el amor de una madre no grita. Ama en voz baja. Ama con actos de servicio, con un cafecito recién hecho, con un pancito, un arrocito, una sopita calentadas en la estufa solo para ti. Ese amor paisa, colombiano, cálido y sin pretensiones, que no necesita discursos para hacerse sentir.
Pero no… no tenemos tiempo. Y cuando al fin lo tenemos, muchas veces ya es tarde. Ya no hay “te hice desayunito”. Ya no hay voz que te llame, ni mirada que te bendiga sin palabras.
Y uno entiende cuando el silencio empieza a pesar más que la prisa que la carrera que corría no era tan importante como creía. Que el verdadero triunfo hubiera sido quedarse cinco minutos más, compartir un café, una risa, una conversación sin reloj. Aún más cuando esa madre siente la necesidad de contarte lo que guarda en el corazón, de hablarte de cualquier cosa que para ella tiene sentido, aunque para ti parezca mínima. Porque, al final, verte escucharla ya es para ella una ganancia, una forma silenciosa de sentirse acompañada.
Porque hay quienes hoy darían la vida por volver a escuchar ese “coma algo antes de irse”. Por sentir esa bondad sencilla y desinteresada. Por abrazar, aunque sea un instante, a quien siempre tuvo tiempo para nosotros, incluso cuando nosotros nunca lo tuvimos para ella.
Pensémoslo bien: el tiempo que decimos no tener es, en realidad, el que más necesitamos. Tiempo para mirar a los ojos. Para agradecer. Para decir: sí, mami, tengo tiempo.
Porque llegará un día y ojalá no muy tarde en que comprendamos que el desayuno no era solo comida, sino un ritual de amor.
Que la vida, con toda su prisa, siempre tuvo sentido en esos pequeños actos donde alguien, con manos cansadas y corazón generoso, nos decía:
“Te hice desayunito.”





