Las miradas sobre la obra pictórica de Jorge Gómez

Las obras de Jorge Gómez (Medellín, 1961) producen un fuerte impacto visual. La radicalidad de su gesto genera una sensación de energía, una impresión de solidez y consistencia matérica, que nos da la certeza de estar ante una realidad que es, ante todo, pintura.
Por: Redacción
28 mayo, 2026
Las obras de la serie Solar inducen a una mirada en detalle que se detiene en las gruesas capas y masas de óleo.

Por: Carlos Arturo Fernández

La serie Solar, como toda obra de arte, es una invitación a un diálogo no verbal en el cual los elementos que la constituyen manifiestan experiencias, ideas, emociones o intereses del artista dirigidos a nuestra intuición. Para que haya una respuesta de nuestra parte se requiere que nos conectemos con ese lenguaje que es la obra y, por eso, la reacción frente al arte puede ser diferente para cada persona. Sin embargo, ante las pinturas de Jorge Gómez quizá puede afirmarse que, en general, tras el primer impacto, se producen dos clases de miradas que posibilitan lecturas particulares. 

Por una parte, las obras de la serie Solar inducen a una mirada cercana. Nos detenemos, entonces, en las gruesas capas y masas de óleo, extendidas con veloces trazos de espátula, que introducen un volumen real en la pintura. Descubrimos capas subyacentes de colores, texturas, grumos o vacíos que quedaron a la vista por un golpe profundo de la espátula: no se trata de un montaje premeditado y controlado, sino del resultado de una acción en la cual las masas, los colores y los trazos se enfrentan sobre la superficie pictórica. Es en esta cercanía donde accedemos a una dimensión esencial del trabajo de Jorge Gómez, que puede definirse como una poética del material. La preparación del óleo que requiere en cada obra no es un proceso mecánico, sino una especie de alquimia que le permite disponer de los colores precisos que desea utilizar, con la densidad que sabe necesitar. 

Pero no nos limitamos a una mirada cercana, sino que enfrentamos la obra completa que nos permite acceder a otras dimensiones del trabajo, tales como la fuerza del gesto, la violencia de los trazos, la amplitud de la intervención: no una danza rítmica, como era habitual en la pintura informal y gestual de mediados del siglo XX, sino, más bien, un combate entre el pintor y la idea que se materializa sobre la superficie a través de las masas de óleo. Lo mismo que el interés por la materia, este combate no es una mera técnica o forma de pintar, sino un elemento constitutivo de la poética desarrollada por Jorge Gómez. 

La pregunta de si la serie Solar es abstracta o figurativa no es insignificante. Frente a ella puede haber interpretaciones diferentes que dependen de los elementos que se privilegien en la percepción. La materia y la libertad del trazo están cerca de los desarrollos propios de la abstracción. Pero la figuración aparece en el descubrimiento de paisajes fragmentados, con humedales y campos rotos por formas quebradas de árboles caídos. Si la visión cercana de los grumos y trazos permite descubrir pequeños paisajes matéricos, la mirada completa entrega paisajes expresivos, a partir de trazos veloces que nos obligan a seguirlos y a participar en su dinámica. 

El interrogante por la abstracción o figuración es coherente con el proceso de gestación del trabajo. Antes de cada obra, Jorge Gómez se dedica a dibujar a partir de troncos caídos. Ante la visión poética de esos árboles ya muertos que, sin embargo, son fuente de nueva vida, los dibujos son estudios preparatorios de la sensibilidad del artista, un ejercicio para convertir el paisaje visto en experiencia profunda. Por eso, al pintar no sigue un boceto: en ese momento el paisaje es un sentido interior y consciente que lucha con el azar y las circunstancias hasta convertirse en realidad exterior y concreta en la obra. 

Una mirada aún más amplia nos enfrenta al conjunto de la serie Solar. Estructuras que parten de formas quebradas, colores fríos, contraste de oscuros profundos y azules claros; y, de repente, pequeñas zonas de rojo intenso o de colores cálidos parecen romper la lógica del conjunto, pero, en realidad, se convierten en núcleos que nos atrapan. 

En definitiva, más allá de relaciones abstractas o figurativas, la obra de Jorge Gómez es “pintura-pintura”, en el sentido pleno de la palabra: mundo interior que existe solo en la realidad de la materia, el color y la vitalidad del combate de los trazos. 

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