Epicteto dividía el mundo en dos columnas. Lo que depende de ti: tus juicios, tus intenciones, tu atención. Lo que no depende de ti: todo lo demás. El clima, la opinión de los demás, lo que decide el mercado.
Era esclavo. Construyó esa distinción para sobrevivir.
Ahora llega la IA. Y de repente la segunda columna se llena de cosas que antes eran nuestras: redactar, investigar, analizar, sintetizar. Tareas que sentíamos propias migran al otro lado de la tabla.
La reacción común es el miedo. O su opuesto: la euforia.
Pero los estoicos no preguntaban qué estaba en cada columna. Preguntaban: ¿qué hacías con la distinción?
Prueba esto: la próxima vez que uses un modelo de lenguaje, antes de escribir el prompt, anota en un papel qué parte del trabajo es tuya y qué parte le vas a delegar. No para dividir el trabajo. Para saber dónde está tu atención.
Lo que descubres es incómodo.
La mayoría delegamos exactamente lo que más nos incomoda pensar. El resumen difícil. La posición que no queremos defender. El análisis que podría contradecir lo que ya creemos.
Y eso es lo que los estoicos llamarían un error de columna.
Porque la IA puede amplificar ambas. Puede ejecutar más rápido lo que no depende de ti, y puede devolverte tiempo para lo que sí depende. Pero solo si sabes la diferencia.
Cuando la máquina produce el borrador, lo que queda expuesto es exactamente lo que siempre fue tuyo: el criterio, la intención, la pregunta que decides hacer antes de presionar enter.
La primera columna de Epicteto nunca estuvo tan visible.
¿Tienes claro qué está en la tuya?





