Por: Carlos Arturo Fernández
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Débora Arango falleció el 4 de diciembre de 2005. A punto de conmemorarse los 20 años de su muerte, es notable que la trascendencia de su obra sigue estando presente en amplios sectores de la ciudad, de la región y del país.
Después de haber vivido en el ostracismo artístico durante muchos años, desaparecida del horizonte de quienes escribían sobre arte en el país e incluso eliminada de textos donde antes se mencionaba, a partir de 1984, a los 77 años, es reconocida como una figura clave del arte colombiano.
En efecto, en ese momento, el Museo de Arte Moderno de Medellín, con la curaduría de Alberto Sierra, realizó una gigantesca exposición de su obra que luego se presentó en la Biblioteca Luis Ángel Arango, del Banco de la República en Bogotá. No debió ser tarea fácil lograr su consentimiento porque las experiencias que tenía de sus exposiciones anteriores no habían sido buenas.
Así, aunque en 1940 expuso en el Teatro Colón, invitada por el ministro de Educación Jorge Eliécer Gaitán, la muestra generó una tormenta que la cubrió de oprobios y que llegó hasta el Congreso Nacional. El 1955, su exposición en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid fue descolgada el mismo día de la inauguración por orden del gobierno franquista.
Dos años después, ella misma descolgó la exposición que había abierto en la Casa Mariana de Medellín ante la crisis política que condujo a la caída de Rojas Pinilla. Aceptó exponer un centenar de obras en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, en 1975, pero tampoco esa muestra rompió la barrera de silencio que más de tres décadas habían creado a su alrededor, quizá porque, a pesar de las Bienales, aún éramos incapaces de aceptar la mirada de Débora Arango sobre la sociedad.
En realidad, las exposiciones de 1984 parecen un milagro que logró lo imposible. No solo descubrieron una enorme producción artística casi totalmente desconocida, sino que, incluso, hicieron reescribir la historia del arte en Colombia y en la cual, desde entonces, Débora Arango ocupa un lugar central. Y también, casi como un milagro, el Museo de Arte Moderno, un museo joven sin una colección fuerte, recibió, en 1986, la donación de la obra completa de la artista: un hecho de extraordinario valor cultural y al mismo tiempo, un tremendo reto que determina la historia del MAMM.
El debate de las últimas semanas alrededor de la posibilidad de que dos obras de Débora Arango sean vendidas por el Museo al Banco de la República, posibilidad rechazada por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, revela el sentido de pertenencia que genera la colección entera y la figura de su autora. Sin entrar en la discusión, el momento resulta propicio para regresar sobre el trabajo de Débora Arango y sobre la convicción de que la autenticidad de ese sentido de pertenencia debe pasar por el conocimiento de su obra y por el apoyo al Museo para que logre el imperativo cultural de ampliar el acceso ciudadano a su legado.
Bailarinas es una acuarela de Débora Arango, firmada en 1977, una fecha muy avanzada, que no solo es dos décadas posteriores a las obras de tema político más conocidas, sino que, además, corresponde a un período en el cual, según se afirma, ya prácticamente había dejado de pintar.
Coherente con el tema, la obra se impone por el dinamismo de las figuras basado en el movimiento de las líneas y los contrastes de color; lo logra a pesar de que la estructura, muy geométrica, haría suponer lo contrario, definida por un eje vertical que es la bailarina del centro, y por dos curvas opuestas: las otras dos mujeres, en simetría perfecta. Y, quizá, lo más interesante aquí es el tipo de las figuras, muy diferente a las de sus obras de crítica social de los años 40 o a las de tema político, lo que crea nuevas posibilidades de sentido. Aunque siguen siendo imágenes duras y problemáticas, ahora el cuestionamiento es menos político o intelectual y se ubica, más bien, en el nivel de una mirada cultural.
Frente a estas Bailarinas de Débora Arango se puede recordar que el poeta y crítico francés Charles Baudelaire (1821-1867) caracterizaba los intereses del pintor moderno con las categorías de “la época, la moda, la moral, la pasión”. Quizá, más que en muchas de sus obras anteriores, aquí está patente la mirada moderna de Débora Arango.





