Tengo en mi cabeza la imagen de un par de litros de vidrio llenos de leche. Estaban en la cocina de una película que vi recientemente. No importa cuál. Importa la impronta que dejaron en mi cabeza. Regresé 45 años en mi memoria hasta el barrio Malibú. Recordé el camión de la leche y a mi mamá o a Mariela, que por muchos años nos acompañó, saliendo a comprar la leche.
El vidrio transparente permitía ver el blanco líquido. No he sido muy lechera, pero ese recuerdo me genera tal alegría, que me tomaría el litro entero para celebrarlo. Y llegó la competencia. La nueva marca transportaba su leche en un coche halado por caballos (ni la generación Z, ni la Alpha lo entenderían). Quizás por la novedad, quizás por el precio, hubo algún momento para cambiar el camión por el coche.
Mi prima dice que la leche de la nueva marca sabía mal. Un día, mientras almorzábamos lentejas, que tampoco le gustaban, optó por tomar un trago de leche por cada cucharada, hasta que no lo soportó más. Supo que era la leche que llegaba en el coche. No pensábamos entonces en el respeto hacia los animales, no tanto como ahora, pero creo que a esas niñas les resultaba más atractivo que la leche llegara en camión, no a caballo. Niñas urbanas que mirábamos con desdén el campo.
Los litros de vidrio se esfumaron. Ya todo fue bolsas, tetra brik, qué sé yo. También se fue el coche con sus caballos, volvimos a la marca de antes. Luego hubo otra casa, otro barrio. Había camión, pero llegaba a la portería, ya ni me enteraba. Lo siguiente fue la leche larga vida comprada en el supermercado en pacas grandes y para un mes completo. Nos alejábamos todo lo posible del campo, del caballo.
Y ahora emprendemos el camino de vuelta. En la huerta a la que pido vegetales a domicilio me ofrecen un litro de leche recién ordeñada envasada en vidrio. No la he pedido, pero saber que puede llegar a mi casa me resulta entrañable. Es leche de vaca, que quizás en tiempos de “leches” vegetales no resulte tan popular. No llega en camión, menos en coche con caballos, pero es una proclama.
Una proclama para volver la mirada al campo. Una sentencia a favor de los empaques reciclables. Una oración por los productos sin preservantes. Una apuesta por creer que aún es posible mantener ciertos hábitos, aunque el mundo diga lo contrario. No me apetece la leche recién ordeñada, mi paladar hace rato fue colonizado por las larga vida y sus aditivos, pero me declaro defensora de ese litro de vidrio con leche fresquecita.
Un litro de leche que es más que cualquier discurso. Una botella que no necesita etiquetas, sellos de advertencia, ni fecha de vencimiento. Uno que no es una declaración publicitaria de “producto ciento por ciento natural”. Un envase que me recuerda que, aunque el líquido contenido no es larga vida, quizás resulte un sorbo de vida. Uno que no se embotella en cartones diseñados para hacernos creer aquello que bien sabemos que no es cierto.




