El campo antioqueño siempre fue un espectáculo gratuito. A los urbanos nos bastaba salir de Medellín para empezar a absorber su belleza a través de sus mil distintos tonos de verde: extensas reservas de bosque nativo, cafetales ondulando en la ladera, montañas que se dejaban ver sin pedir permiso y casas campesinas que saludaban desde lejos con balcones de colores.
Pero llegó la moda -mejor dicho, la peste doble- de construir setos con eugenios y swinglias, una pareja botánica que parece competir por quién bloquea mejor la vista. El eugenio es rojo y verde y predomina en tierra fría; la swinglia es color verde intenso, espinosa, y es más común en zonas cálidas.
Hoy nuestras vías rurales ya no son caminos, sino oscuros callejones, pasadizos medievales, con muros rojizos o verdes que convierten al paisaje abierto en un recuerdo borroso, algo que pronto los mayores contaremos a nuestros asombrados nietos que alcanzamos a conocer, a la par con la máquina de escribir o los billetes de un peso.
Sin embargo, no se trata de un fenómeno natural, sino de una obsesión humana. Alguien tuvo la brillante idea de que el verdadero lujo en el campo no es tener horizonte, sino hacer lo posible para que nadie te vea. Así, los setos se levantan como murallas chinas -versión antioqueña- cada día más altos, más densos, más ladrones, más hostiles…
Porque en muchos casos ni siquiera hay mantenimiento. La poda parece no existir. Crecen hacia arriba y hacia los lados, estrechando las vías y bloqueando también -como si fuera poco- la visión hacia adelante.
Aquello que venden en los viveros con ese tierno eufemismo de “cerco vivo”, pronto se va transformando en un muro de Berlín rojo o verde, según la región: el que va por la carretera se queda sin paisaje y con la sospecha de estar siendo vigilado desde el otro lado: “el de adentro”.
Las consecuencias saltan a la vista… o mejor, a la no-vista. Paseos que eran un deleite – en carro, a pie, a caballo o en bici – se han vuelto una claustrofobia ambulante: interminables túneles rojos o verdes donde no entran ni el sol ni la imaginación.
Paradójicamente, la inseguridad aumenta, porque nada más cómodo para el ladrón que un callejón oscuro disfrazado de finca elegante. Y la convivencia se erosiona: donde antes había un “buenos días, vecino” ahora reina el mensaje tácito: “No mire, no pregunte, esto no existe, siga de largo, aquí no se le ha perdido nada”.
¿Qué hacer? No propongo exterminar al eugenio (aunque ganas no faltan), sino ponerle tijera. Un seto de altura máxima dos metros cumple la función de privacidad sin volvernos topo en su madriguera. Las alcaldías deberían reglamentar estas alturas, porque el paisaje es patrimonio colectivo, no propiedad privada en cómodas cuotas de sombra.
Y los propietarios, muchos de ellos buscando vivir en un ámbito rural -pero actuando como si aún estuvieran en esa ciudad de la que escaparon en busca de paisaje y libertad- harían bien en recordar que vivir en el campo no es lo mismo que construir un búnker vegetal.
Sigamos así y dentro de poco se ofrecerán tiquetes para entrar al Túnel del Eugenio, declarado “atracción turística” por su capacidad de ocultarlo todo: el paisaje, el sol y el aire.
Ah, ¡y hasta el sentido común!





