Hace 28 días fui mamá. Y desde entonces he descubierto que criar en 2025 es un ejercicio completamente distinto al de generaciones anteriores. Nuestros bebés nacen en un mundo donde casi todo se mide, se registra y se monitorea: aplicaciones que cuentan las tomas, cámaras que vigilan cada movimiento, sensores que detectan la respiración y extractores que prometen aumentar la producción. La maternidad ya no llega con un manual, pero sí con un arsenal de dispositivos y notificaciones.
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Al principio, todo parece diseñado para darnos tranquilidad. Abres la app y te dice a qué hora comió, cuánto durmió, cuántos minutos estuvo despierto. El monitor nocturno te permite verlo sin levantarte. Los grupos de mamás responden más rápido que un pediatra y cualquier inquietud tiene veinte posibles diagnósticos en Google. Pero, entre más información consumimos, más incertidumbre aparece.
Hoy comió menos, ¿será normal? Tiene 37.1, ¿es fiebre? Está dormilón, ¿será un brote? ¿Está respirando bien? ¿Lo veo otra vez en la cámara? Lo que debería dar tranquilidad, a veces activa nuevas alarmas.
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La tecnología es una aliada, sí, pero también puede volverse una lupa que agranda cada pequeña duda. Y en esta primera etapa he entendido que la gran tarea no es usar las herramientas, sino evitar que las herramientas nos usen. Aprender a distinguir entre el dato útil y el ruido. Entender que un bebé no es una línea de tendencia y que la maternidad no es un proyecto medible en KPIs. Hay días de mucha producción y días de poca. Días de siestas perfectas y noches caóticas. Así es, incluso con sensores, gráficos y tutoriales.
A veces me pregunto cómo hicieron nuestras mamás para criar sin Google ni grupos de WhatsApp. ¿Cómo sabían si un bebé estaba bien? ¿Cómo manejaban la incertidumbre? Y, sin ánimo de idealizar, empiezo a reconocer el valor de esa simplicidad: menos pantallas, menos opiniones, menos presión por “hacerlo perfecto”. Quizás tenían menos herramientas, pero también tenían más silencio. Un silencio que hoy parece un lujo.
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La maternidad digital no es buena ni mala. Es distinta. Nos da libertad para trabajar mientras monitoreamos, para entender patrones de sueño, para apoyarnos en otras mujeres, para acceder a información que antes simplemente no existía. Pero también nos exige poner límites: apagar la pantalla, cerrar la app, dejar de registrar cada minuto. Porque ningún algoritmo conoce a un bebé como lo conoce su mamá cuando lo carga, lo oye respirar o siente cómo se acurruca buscando calor.
En estos 28 días he descubierto algo que no aparece en ninguna app: la tecnología ayuda, pero la intuición sostiene. Los datos orientan, pero el instinto guía. Las dudas son inevitables, pero también son parte de la construcción de confianza.
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Quizás el verdadero reto de esta generación no es criar con dispositivos, sino criar con calma en medio de tanta velocidad. Recordar que lo más esencial —el contacto, la presencia, la mirada, el arrullo— sigue siendo tan analógico como siempre. Porque, al final, un bebé no necesita una mamá perfecta ni hiperconectada. Necesita una mamá presente, aunque esté aprendiendo sobre la marcha.
Y eso, en cualquier época, es más que suficiente.





