O eso nos dijeron.
Nos dijeron que había que crecer, que había que ponerse serias, que había que hablar bajito, vestirse “como toca” y dejar de jugar. Nos dijeron que la voz era muy aguda, que el color era muy chillón, que el sueño era muy ingenuo. Nos dijeron que la niña ya no cabía en la sala de juntas, ni en el Excel, ni en la estrategia. Que había que matarla para poder trabajar.
Pero yo no quiero. Y sé que muchas de ustedes tampoco.
Porque trabajar entre mujeres es otra cosa. Es la evolución de la tribu. Es mirarnos con ojos que no juzgan, sino que celebran. Es decirnos “dale, ensayá”, aunque no sepamos cómo. Es llorar juntas cuando algo duele y reírnos con lágrimas cuando algo sale bien. Es bailar los fracasos y cantar las alegrías. Es recordar que la niña no está muerta: está esperando que la volvamos a invitar.
Yo la veo. La veo cuando me acuerdo de mi hermana y yo, con ocho años, montando agencias de viajes imaginarias. Tan comprometidas, tan ilusionadas con atender a nuestros pasajeros invisibles. Nos tomábamos el juego en serio, pero nunca dejaba de ser juego. Y ahí estaba la magia.
Hoy, cuando el trabajo se pone muy serio, cuando todo parece tener que ser perfecto, rentable, medible, me acuerdo de ella. De nosotras. Y me prometo que no voy a dejar que se muera.
Porque divertirse no es sinónimo de mediocridad. Divertirse es estar tan presente, tan viva, que el esfuerzo se vuelve gozo. Divertirse es permitirnos hacer lo mejor, sin que los tropiezos nos quiten el sueño.
Así que, si estás leyendo esto y sentís que la niña se te está apagando, hacé algo. Pintá. Cantá. Jugá. equivócate. Y, sobre todo, rodéate de mujeres que te recuerden que tu voz no está fea, que tu pinta no está desactualizada, que tu autenticidad no es negociable.
La niña no ha muerto. La niña está viva. Y quiere jugar contigo.





