La marcha silenciosa

Por: Redacción
16 febrero, 2008
 
  La marcha silenciosa  
     
  Pasaron unos días desde cuando el país entero se volcó a las calles a gritar por los secuestrados. A exigir su liberación. Y pasó el tiempo y como nos lo imaginábamos, no pasó nada. La sordera, el egoísmo y la falta de sentimientos de los captores siguen ahí y los secuestrados siguen allá. Pero algo sí pasó y tiene que ver con la reflexión profunda que cada uno de nosotros tuvo que hacer al llegar a casa.
Mientras nos autoproclamamos como los buenos de la película, tenemos que preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo por cambiar las condiciones que llevaron al país a esta pesadilla de la que no podemos despertar?
Efectivamente, cada uno de nosotros tiene una misión en la vida y puede hacer de la vida de sus congéneres una mejor experiencia. Para ello no hay que hacer grandes sacrificios ni grandes mortificaciones. Solo se requiere un poco de conciencia, un poco de paciencia y mucho de atención y cuidado.
La vida cotidiana está plagada de instantes en los cuales podemos demostrar que somos mejores que los “malos”, que nuestras empresas están del lado de lo justo, que nuestra conciencia reclama el bien y lo busca. Solo hay que verlos y actuar en consecuencia.
En el mundo personal también la confianza, la sinceridad y la honorabilidad deberían ser la base de las relaciones. Existen notarías para confirmar que lo dicho personalmente se cumpla, pero la firma ante el notario debería ser solo una formalidad pues la palabra dada, el compromiso adquirido deberían primar, y claro, debería serlo por convicción.
En la calle, respetar las señales de tránsito, ceder la vía, darle paso a los peatones, no pitar innecesariamente, podrían ser el principio. Pero respetar la autoridad y admitir que una contravención merece un castigo pues va en contravía de la vida en comunidad, no debería requerir la presencia del Secretario de Tránsito, y quien debería sentir miedo y vergüenza es el infractor y no el policía ante la amenaza del contraventor.
Cambios pequeños, que implican una profunda reflexión sobre quiénes somos como sociedad, pero evidentemente muy difíciles de alcanzar. ¿Por qué somos tan ventajosos, tan hipócritas para reclamar igualdad y derechos ajenos pero no para aceptar la obligación de cada uno como miembro de esta comunidad? En esa respuesta puede estar la clave de nuestra condición particular.
 
     
 

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