¡Salve, Mayo Florido!

Por: Redacción
30 abril, 2011
   
  Por: José Gabriel Baena
 
 
No por casualidad sino por el destino tuvo su nombre el famoso grupo de “las madres de la Plaza de Mayo” argentinas que durante años protestaron en ese espacio de Buenos Aires, clamando saber de los gobiernos la suerte final de los miles de desaparecidos por las dictaduras de los setentas y ochentas, época siniestra consignada para memoria infernal en el “Informe Sábato”. Digamos que por el destino y designio de la Divina Providencia, porque Mayo es el mes de la Virgen María, tibio mes florido de mitad de primavera reconocido así en Occidente (aunque en Argentina es el otoño, y entre nosotros no hay las queridas estaciones y Medellín tuvo fama, ya borrada, de ser la ciudad de la Eterna Primavera…). Cuando niño, mi mamá religiosamente me enviaba a la escuela Pío XII en el barrio San Javier todos los lunes de mayo con un gran ramo de florecitas blancas diminutas, que la maestra o el maestro colocaban con cuidado en un jarrón junto a la estatuilla de yeso de la Virgen del Carmen. “Vean ustedes, niños, si no fuera por Baena con las flores que nos manda la mamá, como se vería de feo este salón”. Yo me sentía supremamente avergonzado ante los compañeritos, porque la mayoría de ellos, muy pobres, bajaban hasta la escuela descalzos desde los montes plenos de guayabales de San Javier, El Socorro, La Loma, El Salado, cuando todo eso por allá eran fincas y los muchachos más que caminar se deslizaban por trochas de barro amarillo, con lo cual tenían que llegar a la escuela a lavarse sus sufridos y curtidos pies en los chorros del baño público o en la quebradita que bordeaba el patio. En aquellos años que hoy se diluyen en el sueño sí existían en verdad las estaciones por aquí, a nuestra manera tropical: de diciembre a marzo era verano -vacaciones con la anhelada Navidad y millones de globos cruzando el cielo de la ciudad-, dos meses de lluvias mil en abril y un poco menos en mayo, el ansiado verano cruel de las vacaciones de junio hasta agosto con sus vientos poblados de cometas gigantes y sus soles de plomo fundido, luego otra vez invierno de septiembre a diciembre, y así regularmente fluía nuestra infancia, hacia futuros impredecibles. Y Mayo era por supuesto el mes del Día de la Madre, el segundo domingo del mes, para lo cual los maestros –sólo había uno por salón, nos preparaban con antelación haciéndonos dibujar en una hoja doble del “cuaderno bueno” los llamados “ramilletes espirituales”, donde adornadas con florecitas anotábamos nuestras “intenciones de mejoramiento y promesas para la Madre ante la Virgen”, y que se les entregaban como regalito ingenuo a nuestras progenitoras el día feliz. Naturalmente, ellas se deshacían en lágrimas disimuladas, las madres de esos tiempos, con cinco, siete, nueve niños –algo asombroso- no podían demostrar en verdad sus sentimientos, no era de buena educación, nadie les había enseñado a exhibir su amor por los hijos tan abiertamente. La relación de Mayo con la madre y la Virgen se le queda a uno para toda la vida junto con el aroma de aquellas blancas florecillas que nunca he vuelto a ver. Y en Mayo han dejado su impronta, bien tallada con buriles de amor, muchas de las mujeres más importantes de mi vida. Mi hermana mayor Lucía y mi mamá Gabriela se fueron para la Otra dimensión en dos meses de Mayo. Recuerdo la mañana en que fui a ver a mi mamá dormidita para siempre en su gran lecho de toda la vida, mis hermanas habían esparcido en su lecho y sobre su pequeño cuerpo –la muerte vuelve a las buenas madres pequeñitas, pensé, “podría caber en una canastita como las brujitas buenas de los cuentos”, decenas de las flores que ella cultivaba esmeradamente en el solar de la casa, rosas, bifloras, novios, sanjoaquines y su rostro más allá de este tiempo nos decía claramente que estaba conversando con la Virgen en sus jardines celestes…
A ella, a la Madre de Jesús, ofrezco en este Mayo mi “ramillete de intenciones”, retomando con humildad y atrevimiento algunas frases del gran místico Tomás de Kempis: “Oh María! Yo quisiera ofreceros una corona de flores que fuera grata a vuestro corazón. Como señal de mi amor y del deseo que tengo de agradaros, en compañía de los ángeles y de los santos… Alegraos, ¡oh verdadera Madre de Dios! por aquel deleite purísimo que experimentáis en la gloria, viendo que así como el sol acá en la tierra ilumina todo el mundo así Vos adornáis el cielo con vuestro esplendor. ¡Oh Serenísima Princesa! Estoy resuelto por vuestro amor a no decir en este día ninguna mentira ni palabra menos conveniente. Purificad mi lengua, ¡Oh Madre Poderosa!”. ¡Ave María!”. (Con afecto, a mis amigas de Mayo).

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