La tecnología es la ladrona del futuro. Con frecuencia solemos creer que lo entrega y podría llegar a ser más acertado pensar que nos lo roba. Cada invento, cada gadget que los tecnólogos lanzan al mercado nos arrebatan nuestra agencia de los días que vendrán. La IA es el futuro. Las conexiones 5G son el futuro. El nuevo iPhone es el futuro. La impresión 3D es el futuro. ¿Y qué hay de nuestros cuerpos, deseos o sueños del presente?
Me gusta el ruido que hace la tecnología. Nos plantea retos, nos pone a pensar sobre el trabajo y su presencia es un latigazo para estimular los pensamientos sobre ese tiempo que imaginamos, con ilusión o desespero, que llegara a ser.
En principio parece existir una lógica si no fuera porque el futuro está marcado por muchas cosas más: lo que haremos en una semana, la decisión que tomaremos en un mes, los cambios del planeta, la casa en la que vivimos hoy, la familia y los amigos que tenemos, el deseo, el destino, ese libro que estamos leyendo, aquel cuadro en un museo que nos sorprenderá o esa canción que salvará nuestras vidas. El futuro que nos pinta la tecnología está bien, si no fuera porque somos humanos.
Mi fascinación por las preguntas me lleva a lanzar unas cuantas: ¿Será necesario actualizar nuestras ideas sobre el futuro?, ¿cuáles son las bases de esa nueva conversación?, ¿es posible pensar en el futuro sin ligar ese pensamiento solo a la idea del trabajo y la producción?, ¿cómo robarle el futuro a la mente y pasarlo por el cuerpo?, ¿cómo se ve el futuro lejos del marketing?, ¿qué queremos que sea el futuro?
Los clichés publicitarios nos indican que el futuro es hoy, dotando al presente de un poder inigualable. La filosofía budista también prioriza la idea de vivir en el presente, entendiendo que la existencia es una experiencia fluida y no una línea recta como a veces solemos imaginarlo. ¿Qué podemos hackear entonces del futuro desde los instantes, segundos y minutos que vivimos?
En una conversación con Omar Rincón, profesor de la Universidad de los Andes y estudioso de la cultura mediática, nos atrevimos a inyectarle una pequeña dosis de rebeldía al futuro. Nos imaginamos un futuro lleno de inteligencias; pero, con otros apellidos que superaran la artificial y que nos permitieran, tal vez, crear una agenda alrededor de esas otras IA que, en esta columna, comienzan con las Atómicas. Recogimos muchas IA: IAfectiva, IAmbiental, IAmorosa, IAdaptativa, IAmpliada, IAlegría, IAprendizaje. ¿Cuáles otras se imaginan que son indispensables para el futuro que queremos?
Aquel genio polémico, como todo genio, que es Woody Allen, dijo alguna vez: “Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida”. Si es allá a ese puerto al que todos llegaremos, sin importar el viaje que tengamos, ¿por qué no soñar más a menudo con la palabra mañana?, ¿por qué no atrevernos a actualizar nuestras ideas del futuro?
Allá, donde habita el futuro, también están algunas de las palabras más hermosas que nuestros ojos pueden leer y nuestros oídos escuchar: están la esperanza, los sueños, la imaginación, los amaneceres y las decisiones. No puede ser árida una tierra con semejante belleza.





