“Este sí es el último año… que armo Navidad”. Creo que más de uno hemos pronunciado estas palabras año tras año, pues la función de “desbaratar” la casa para dar espacio a la decoración navideña, no es que sea el mejor plan. Por estos días hay un comercial en la radio en el que una mujer dice con entusiasmo: “Esooo, hoy hay que pagar la seguridad social en la empresa”,para luego sugerir que se empleen los servicios de un operador que resuelve ese asunto.
Con la decoración navideña ocurre lo mismo: por mucho que disfrutemos de la época decembrina, no he escuchado a la primera persona que diga:
“Esooo, mañana empiezo a armar Navidad”.
Por diferentes motivos, no armo Navidad desde 2017, por lo que al revisar las cajas este año, me he encontrado adornos que ni sabía que tenía. Adicionalmente, sacando también las cosas de mi mamá, nos transportamos a tiempos que no parecieran tan lejanos, pero que, al cotejar con el calendario, (o con los precios aún pegados en los adornos) ve uno, como dice la canción, cómo han pasado los años.
Cada año, la decoración navideña parece anticiparse más. En el comercio local, desde mucho antes de pasar el día de los brujitos, ya varios almacenes habían dispuesto sus estanterías con lo último en la materia. Los tradicionales rojo, verde y dorado, han dado paso al azul, al morado y a la decoración con elementos naturales. Pinterest (la aplicación donde se puede encontrar desde cómo hacer un mueble, hasta la puntada más sofisticada en crochet) y Youtube, nos bombardean desde septiembre con ideas para el último mes del año.
A pesar de las nuevas tendencias, es inevitable revisitar lo clásico. Esos adornos que nos llenan de nostalgia porque nos recuerdan las reuniones familiares; el pollito desplumado que ha estado en el pesebre desde que tenemos memoria; el trozo de espejo quebrado que formaba el lago en el que abundaban los paticos de plástico de todos los colores; los pastores, que por el paso del tiempo ya están pegotudos, especialmente ése que parecía que se estuviera robando una oveja, pues su mirada era sospechosa y era el único que tenía una oveja cargada. Tampoco pueden faltar las casas campesinas que costaron $600 en el Éxito (cuando el nombre era en letras negras, cada una dentro de un cuadro amarillo) ni el establo que en su momento le costó un platal a la abuela ($675 de la época), pero que hoy en día, un niño de cuatro años, en la guardería, lo haría más bonito.
Cada año llegan nuevas adiciones, ya sea porque “es lo que se está usando” o “es lo que hicimos en el costurero para esta Navidad”. Siempre habrá un pretexto para una adquisición.
Es imposible no sentir nostalgia: por los que ya no están; por los recuerdos de navidades más felices; pero esa nostalgia significa que seguimos conectados a ellos, y aunque el pollito desplumado del pesebre o la bota de navidad marcada con el nombre de quienes ya no están, nos hagan derramar algunas lágrimas, el resultado final, al ver la casa con otro ambiente, nos devuelve el entusiasmo para reunirnos con los amigos y la familia.
Que este diciembre que ya está tocando a la puerta, nos permita reencontrarnos y recargarnos con la energía y el cariño de nuestros seres queridos.





