Aquí estoy de nuevo frente al papel, frente a esta hoja blanca digital que guarda signos y símbolos que tratan de expresar lo que siento.
Soy Marcela, escribo en primera persona, porque es desde donde vivo y habito esta existencia. A veces me gusta pensar que mi cuerpo se convierte en oración con el movimiento que conozco, el que también me incomoda, pero me habla de lo que no quiero oír. Encontré en la práctica física de yoga, una forma de habitarme, un hogar en el que confluye todo lo que soy: un manojo de vulnerabilidad que lucha por florecer cada día, que se riega y se nutre con palabras y gestos cotidianos que buscan la belleza que no está en el afán, ni en el To do list que escribo los lunes (a veces los domingos). La belleza que está en la mirada de quienes amo, en el abrazo de mis sobrinas, en las nubes, las flores, las hojas verdes, la luz en las ventanas, el saludo por la mañana al portero, incluso en la llamada que ya no está de la mamá, ni en el beso saladito en la frente del papá que tampoco está.
Sin buscar también encuentro belleza, y hoy la encontré a la vuelta de un mensaje de whatsapp del profe Jorge del Colegio Nueva Paideia*, sus palabras eran mensajeras de las palabras de un joven de 14 años del municipio Montebello: Elías Lora Matute.
“Holis. Miren esta historia tan linda:
A sus 8 años Elías veía yoga en Señal Colombia, en un televisor pequeño de los barrigones, los sábados y domingos. Practicaba con su hermano pequeño. Lo hizo entre uno y dos años por esa época de su vida.
A sus 11 años, Elías empezó a soñar con hacer karate. Le preguntó a un profesor por clases, y este le respondió que mejor se enfocara en el estudio. Elías, desafiado por la respuesta del profesor, buscaba videos en un celular que le prestaban en el colegio, y luego en el de su papá. Hacia dibujos para recordar las katas.
Hoy es la primera vez que hace meditación, y describe cómo ha cambiado la actitud de su mente y la disposición de su cuerpo. Está descubriendo cómo el yoga y la meditación potencian el karate.”
Esta historia en efecto es hermosa, me toca el corazón, porque este año tengo la fortuna de ser la profesora de yoga de Elías y de otros 45 jóvenes genuinos, únicos, valientes, afortunados y determinados del suroeste de Antioquia, que hacen parte del Colegio Nueva Paideia, ese sueño, que ya no es sueño, sino una realidad esperanzadora creada por mi esposo, el mismo que es también el profesor de karate-do de Elías y sus compañeros.
Este espacio se llama consciencia, qué responsabilidad tan grande escribir una columna ubicada en un concepto tan revelador, también tan raído en estos tiempos por la superficialidad del marketing del bienestar. Para mí la consciencia se parece a otras tres palabras con C: confluir, coincidir y conectar (unión).
Elías es un joven silencioso, tiene en sus ojos un brillo precioso que quiere descubrir en el mundo un lugar seguro. Elías es fuerte. Lo recuerdo en las pruebas para ingresar al colegio, escribía rápido para terminar a tiempo el ejercicio de matemáticas, me acerqué y le dije: “respira, tienes tiempo, lo estás haciendo muy bien”. Me alegra mucho que Elías Lora Matute sea hoy un joven que se forma en un colegio que cuida, que abriga, que es extensión del hogar, que es familia, que es vida.
Gracias Elías por mostrarme la belleza del silencio que transforma, por ser el presente de esta oración que mi ser necesitaba hoy.
- El Colegio Nueva Paideia es un programa de becas para jóvenes campesinos del Suroeste de Antioquia. Cada año ingresan 23 estudiantes al grado noveno para cursar su bachillerato con un modelo que combina ambiente estudiantil y residencia de lunes a viernes. Este colegio busca formar ciudadanos sabios, sensibles, fuertes, justos, autónomos y ecuánimes. Conoce más en: www.fundacionoromolido.org





