Con frecuencia hablamos de empleo y crecimiento como metas, pero rara vez se pone en el centro a la fuerza silenciosa que las hace posibles: el emprendimiento. En Colombia y en América Latina hay más que voluntad de emprender; hay una realidad económica que depende de ello.
Según el Global Entrepreneurship Monitor, en el mundo hay más de 580 millones de personas que viven del emprendimiento en 65 países analizados, lo que demuestra que construir empresa es un motor global de empleo y bienestar económico.
Colombia no es la excepción. El país alcanzó una tasa de actividad emprendedora (TEA) de 23,6 %, ubicándose entre las economías destacadas a nivel global y consolidándose como uno de los destinos más importantes para capital emprendedor en Latinoamérica, con startups que lograron recaudar más de US$4.600 millones entre 2013 y 2023.
Y, sin embargo, seguir siendo un país que emprende no equivale a ser un país que de verdad habilita emprendimiento. La mayoría de las empresas colombianas son micro o pequeñas, responsables de empleo, pero con pocas posibilidades de escalar, y los obstáculos estructurales persisten: acceso a financiamiento, regulación compleja, y concentración geográfica de oportunidades.
América Latina, de hecho, es la región con mayor intención emprendedora del mundo, con tasas tempranas de emprendimiento superiores al 20–30 % en países como Ecuador, Chile, Argentina y Brasil. Esto refleja una enorme disposición a crear valor propio, pero no siempre las condiciones para sostenerlo.
Hay ejemplos que vale la pena estudiar, por ejemplo en Chile, la creación de Start-Up Chile, una aceleradora pública en etapas tempranas, atrajo proyectos de más de 85 países y ayudó a instalar a Santiago como un nodo internacional de emprendimiento tecnológico. Cuando le apuntamos a este tipo de estrategias, no solo se impulsan las empresas, sino que convierte al país en un imán de talento, inversión y redes globales.
El Banco Mundial lo dice claramente: “para que el emprendimiento impulse crecimiento y empleo en la región, se necesita fortalecer el talento emprendedor y, al mismo tiempo, ejecutar reformas estructurales que mejoren el clima de negocios, reduzcan barreras regulatorias y movilicen capital privado”.
¿Y si vemos el emprendimiento no como una política aislada, sino como una política de país?
Aquí es donde entra una agenda nutrida de posibilidades para hacer que emprender sea quizás, un poco más fácil:
- Reducir fricciones legales y administrativas.
- Financiamiento temprano accesible y equitativo.
- Descentralizar las oportunidades y llevarlas a las regiones
- Educación y habilidades para emprender desde el colegio
- Medir impacto, no solo cifras de intención o programas.
Aquí es donde nos volvemos realmente competitivos, pues un país que facilita emprender no solo crece más, sino que logra ser más justo, dinámico y resiliente.
Tal vez el verdadero indicador de desarrollo no sea cuántas grandes empresas tenemos, sino cuántas personas sienten que construir una empresa propia es una opción viable, accesible y acompañada y al mismo tiempo vamos construyendo tejido empresarial, ese que permanece con los años, independiente del terreno donde este sembrado.
Porque no se trata de romantizar el emprendimiento, pero este no debería ser un acto heroico, debería ser simplemente posible para quienes deciden desde ahí construir su camino.





