Si, mi amigo lector, así como se lee, sin ton, ni son, esta vez he decidido escribir nada.
Y es que, en esta época de la sobresaturación de todo, parece insólito poder tan solo pensar en la majestuosa nada. Ese preciso instante en el que tu mente descansa, puede estar en calma, en blanco y sin pensar, ni hacer nada.
Pareciera ser que, si no estamos ocupados y haciendo más de lo que la vida le da a uno, fuéramos raros, estuviéramos estancados y sencillamente somos vistos como ‘el Fenómeno’. Lo simple ha pasado de moda, la humanidad y el sentido humano parecen extinguirse y hemos llegado al autosaboteo, que hoy lo que mal llamamos “normal”, es justamente lo que nos aleja más de ser nosotros mismos.
Tanto exceso de perfección, de rutinas, tantos protocolos que nos venden a diario, para poder sentir que hacemos parte, complicando la belleza de lo simple, lo profundo de lo auténtico.
Me rehúso a vivir la vida como una receta del día a día, en donde hay que pesar calorías, cumplir con medidas, agenda colapsada, sobreinformación, sobre ocupación, pero sobre todo una obsesiva perfección que está diseñada justamente para que nadie la pueda alcanzar y de esa manera continúes siempre atrapado en la avalancha de recetas e instrucciones de: “lo que debería ser, lo debería hacer y lo que debería parecer”. Y tengas siempre que buscar y depender, porque todo está diseñado para que falles, para que sea imposible de cumplirse y para que sigamos llenos de insatisfacción y puedan usar nuestra frustración como un arma de manipulación y de negociación.
Le puede interesar: ¡Cáncer! Pero, si lo miras al revés, renaces
En qué momento nos dejamos robar, el olvidado asombro de estar vivos, como bien nos lo recuerda el poeta Octavio Paz, porque al parecer estar vivos en la sociedad actual, es lo que más te aleja de estar viviendo y más se parece a estar muriendo. En qué momento hemos creído que evolucionar es coartar, encajar y tener una check list matutina que hay que cumplir, porque si no lo haces, no eres suficiente y te quedo grande hacer parte. Pues no, mi querido lector, que la modernidad sea defender nuestra humanidad, nuestra naturaleza y dejar el afán, vivir despacio, sintiendo, valorando y amando lo que nos humaniza y nos rareriza, haciéndonos únicos, imperfectos pero sobre todo, haciéndonos sentir vivos, habitándonos, sin tanta etiqueta, exigencia, ni protocolo.
Que sea este texto una provocación a habitar la lentitud, la nada, el vacío, el ocio. Que sea esta una forma de volver a los ritmos primigenios de la vida, los ritmos naturales de un cuerpo vivo: respirar, caminar, existir sin justificación capitalista.




