El paso del tiempo nos va dejando aciertos y desaciertos que dan testimonio de nuestra memoria y la fragilidad humana, son momentos que definen el camino irremediablemente, restos de un pasado que se convierten en catapultas de aprendizaje para la reconstrucción del pensamiento, del carácter o de los asuntos pendientes.
Como arquitecto, observo con fascinación proyectos y casos de éxito desde la modalidad constructiva llamada restauración; en nuestro territorio, encontramos preciosos ejemplos de obras arquitectónicas que invitan a inmiscuirse: monasterios, haciendas, catedrales que han relucido y prolongado su vida útil mediante minuciosos procesos de intervención y una excepcional visión restaurativa. Caben también allí los conceptos de rescate, veneración y el respeto de aquello que fue importante para ser conservado.
Así como en la arquitectura, el arte u otro objeto del pasado renovado en el presente, la vida misma también atraviesa situaciones de ruina y, en consecuencia, la imperiosa necesidad restaurativa. Una ruptura, un mal negocio, una insana conducta, en fin, pueden derivar en realidades sobrecogedoras como fracturas y pérdidas de lo que alguna vez fue sólido o estuvo en pie, llevándonos a pensar que todo está perdido, pero no es así.
Ejercer el propósito de restaurar vestigios en nuestra vida interior o en el plano físico exige una observación paciente que nos lleve a la certeza de que aquello que vale la pena rescatar es otra cosa distinta a lo que se encuentra desperdigado por el suelo, y en medio de esa contemplación intuimos entonces una sustancia invisible, tan potente, que permanece en el ambiente negándose a desaparecer y que aspira al renacimiento o, naturalmente, a una metamorfosis que prolongue su existencia y distancie la amenaza de una pérdida total.
Las ruinas no son solo deconstrucción; de ellas emana algo divino que da nacimiento al milagro de la restauración, con amor paciente y reparador que confía, un día a la vez, en la articulación del propósito y una fe que crece en la constancia absoluta hasta ver la obra conformada.
No hay vestigios que no puedan restaurarse sin una creencia y una actitud posibilista, el recomponer nace desde que entendemos que las ruinas son un regalo, un punto de partida hacia la transformación y aunque nada vuelva a ser igual, no significa que tampoco vuelva a ser hermoso.
Cuando nada sea claro al principio y no haya un norte definido, de allí surgirá la necesidad de observar pausadamente y contraponer esa incertidumbre al hambre de hallar el combustible que te hará atravesar situaciones incómodas hacia la metamorfosis.
Si los cambios son parte de nuestra vida, las ruinas cobran sentido como eventos que marcan irrevocables evoluciones. Hay que asumirlas como verdaderas oportunidades.




