El arte olvidado de hacer preguntas

Una reflexión sobre el Hay Festival que acaba de terminar.
Por: Opinión
3 febrero, 2026
Yepès
Por: Lucas Yepes Bernal. Responsable de Empresas en Comfama, Ingeniero de Producción, apasionado por la cultura, el capitalismo consciente y la naturaleza.

El Hay Festival acaba de pasar por Colombia como pasan los vientos buenos: no se quedan, pero refrescan. Habitó ciudades distintas que fueron desde la montaña al mar y, en ellas, escenarios, auditorios, pasillos, aeropuertos, cafés improvisados y conversaciones que no estaban en la programación oficial. Porque el Hay no ocurre solo donde hay micrófonos, ocurre, sobre todo, donde hay preguntas flotando.

Hay algo profundamente esperanzador en ver salas llenas de gente que aún compra libros de papel. Un gesto romántico, sí, pero también imprescindible en estos tiempos de consumo ligero, de pastoreo egocéntrico en redes sociales como lo llamó Leila Guerreiro, donde la opinión se emite antes de que el pensamiento termine de llegar. Allí, entre risas, ideas densas y humor bien puesto, recordé una frase citada en el último libro de Javier Cercas: el papa Francisco dice que lo más cercano a la gracia divina es el sentido del humor. Quizás porque el humor, como la buena pregunta, desarma.

Y, sin embargo, hay un momento del festival y de otras plenarias que me produce desde hace años una especie de corrientazo frío por la médula espinal: llega cuando se abre el espacio para las preguntas del público. Se levanta la primera mano, aparece el micrófono… y con él, la homilía, la diatriba, el editorial personal, la opinión interminable y, a veces, la pregunta nunca llega. El entrevistado, entonces, debe improvisar una respuesta a algo que no fue preguntado, mientras el público que vino por el autor escucha la deriva verbal de un espectador que secuestró la palabra.

Lo curioso es que esas personas tuvieron el valor de tomar el micrófono frente a un escenario lleno, pero no el cuidado de formular una buena pregunta. Y ahí aparece la cuestión incómoda, esa que no necesita micrófono:

¿Por qué nos cuesta tanto preguntar?

Saber preguntar siempre ha sido fundamental, sin embargo, nos entrenaron para responder. Colegios y universidades dedicaron años a enseñarnos qué decir, no qué indagar. Exámenes basados en memoria, no en curiosidad. Tal vez deberíamos invertir la ecuación: evaluar la calidad de las preguntas, no la velocidad de las respuestas.

Preguntar bien no es complejo, de hecho, es simple y bello. Un signo de interrogación que abre, un pronombre o adverbio que orienta: qué, cómo, cuándo, dónde, un verbo que mueve, un sujeto que se hace cargo. Con eso basta para iniciar una buena conversación. No solo en un festival literario, también en una sala de juntas, en una reunión de equipo, en una conversación difícil.

Y hay una segunda regla aún más contraintuitiva para nuestros tiempos: una sola vez es suficiente. No repitas la pregunta cuatro veces. Pierde fuerza. Menos es más. Una buena pregunta es como una llave bien cortada: o abre, o no abre. No necesita explicación adicional.

Resulta paradójico que esto sea tan evidente hoy durante el apogeo de la inteligencia artificial. Lo que llamamos prompt no es otra cosa que una pregunta bien formulada. El algoritmo no piensa: responde según la calidad de lo que se le pregunta. Definir la pregunta es el verdadero acto de inteligencia, lo ha sido siempre.

Los griegos lo sabían. En el trívium, la dialéctica (la lógica) no giraba en torno a tener razón, si no a preguntar mejor para acercarse a la verdad, no era un gesto de debilidad, por el contrario, era rigor, humildad activa.

En el liderazgo ocurre lo mismo: un líder que no sabe preguntar termina rodeado de ruido, de opiniones largas y verdades cortas. Un líder que pregunta bien, crea espacio, y en ese espacio, a veces, aparecen inesperadamente claridad, humor, una idea nueva, una verdad que estaba oculta esperando ser nombrada.

Tal vez el verdadero aprendizaje que dejan eventos como el Hay no está solo en lo que se dice desde el escenario, sino en recordarnos esto: que la conversación es un arte, y que toda buena conversación empieza con una pregunta honesta, breve y bien hecha.

Quizás, si aprendiéramos a preguntar mejor, no solo disfrutaríamos más los festivales, también la vida cotidiana, porque hay algo casi mágico en ese momento en el que una sola pregunta bien lanzada ilumina lo que estaba en la sombra, y eso, en tiempos de tanta respuesta automática, sigue siendo un acto profundamente humano.

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