Se calcula que durante la Guerra Civil Española (1936-1939) fueron asesinados doce obispos, un administrador apostólico, 4.184 sacerdotes seculares y seminaristas, 2.365 religiosos (servidores que toman los votos, pero no llegan a ser ordenados sacerdotes) y 297 monjas; todos ellos considerados mártires de la Iglesia Católica, que también califica este periodo lamentable como Cruzada Española.
De esta cifra, ocho fueron religiosos colombianos, asesinados por milicianos comunistas y republicanos, dentro de la represión anticatólica y anticonservadora con que se inició ese conflicto, en su fase bélica. De estos ocho, siete eran religiosos que hacían parte de la Orden de San Juan de Dios, conocida también como la de los Hermanos Hospitalarios. Estos siete fueron masacrados en un mismo episodio, sucedido hoy, hace 90 años, en la ciudad de Barcelona.

“De este grupo de siete religiosos hospitalarios, cinco son antioqueños y de esos cinco, hay tres nacidos en el Oriente: en Sonsón, Concepción y La Ceja”, explicó el padre Francisco Ocampo, sacerdote de la Diócesis Sonsón-Rionegro, fundador de la corporación Coredi (dedicada a la educación rural) y autor de una monografía histórica sobre la muerte violenta de estos religiosos.
Agregó que “por haber perecido de forma violenta y no haber renegado jamás de su fe mientras sufrían el suplicio, la Iglesia los considera mártires y beatos; un escalafón antes de su potencial canonización como santos, que podría darse en un futuro y cuya causa está en marcha”.

Valga decir que, si bien su condición de mártires de la fe la adquirieron en el momento mismo de su matanza (el 9 de agosto de 1936), la de beatos solamente se oficializó muchos años después, el 25 de octubre de 1992, por disposición del entonces Papa San Juan Pablo II, declaración que abarcó a todo el grupo de siete mártires hospitalarios antioqueños, dentro de la Cruzada Española.
¿Quiénes son los beatos del Oriente antioqueño?
“Eran personas muy humildes, creo que no falto a la verdad con decir que todos los beatos hospitalarios antioqueños son mártires campesinos, con una fe y una vocación de servicio encomiables”, explica el padre Francisco Ocampo, quien recordó sus nombres: Eugenio Ramírez Salazar (de La Ceja), Rubén López Aguilar (nacido en Concepción) y Melquíades Ramírez Zuluaga (de Sonsón).

Con su monografía en la mano, el padre Ocampo explicó que los siete religiosos hospitalarios declarados beatos fueron apresados al mismo tiempo y en el mismo punto, por parte de milicianos comunistas y republicanos. “Todos servían en el sanatorio mental que regentaba la Orden de San Juan de Dios en Ciempozuelos, una localidad a 30 km de Madrid. El 6 de agosto, los revolucionarios se tomaron el sanatorio, alegando que allí se escondían armas. El 7 de agosto llegaron quienes iban a reemplazar a los religiosos, que entre todos eran más de 50, españoles y extranjeros, incluido el grupo de siete colombianos. Separaron a nuestros compatriotas para ser transportados hasta Madrid, por pedido de la delegación diplomática colombiana. Eso fue el día 8. Entre la embajada y el gobierno revolucionario en Madrid, se acordó transportarlos en tren, escoltados, hasta Barcelona, donde tomarían el primer barco para regresar a Colombia el día 9 de agosto”.
Varias crónicas periodísticas de la época, citando al personal diplomático colombiano en Madrid y en Barcelona, relatan que, en vez de entregar a los siete hermanos hospitalarios a las autoridades consulares, “no más bajar del tren los llevaron a una cárcel, donde fueron asesinados junto a muchos otros religiosos y perseguidos políticos. El cónsul que tuvo la penosa labor de identificarlos dice: ese día, la cosecha macabra de los comunistas superaba las 154 personas muertas. Entre todos estos cadáveres, tuvo que buscar a nuestros compatriotas, apartando cuerpos con un gancho; los identificó porque todavía conservaban sus ropas, los pasaportes y la carta de paso, además de un brazalete con la bandera colombiana”.

El legado de los tres beatos
Los tres beatos del Oriente antioqueño son recordados en sus comunidades, pero el aniversario número 90 de su martirio no mereció una conmemoración especial por parte de la Curia. Vivir en Oriente consultó con las diócesis de Girardota (incluye a Concepción) y de Sonsón-Rionegro (abarca a La Ceja y Sonsón) al respecto, sin obtener respuestas.
A la memoria del beato Eugenio Ramírez Salazar fue consagrada una parroquia en su tierra natal, en la cabecera de La Ceja. Allí, a los pies de una estatua del beato, ubicada a la izquierda del altar, se pueden apreciar varias placas de agradecimiento por los favores recibidos.

La fiesta patronal de la parroquia Fray Eugenio Ramírez Salazar es en septiembre, coincidiendo con el mes de nacimiento del religioso. Este beato fue bautizado como Alfonso Antonio, pero se cambió de nombre cuando tomó los votos y se consagró a la vida religiosa hospitalaria como Fray Eugenio, en 1932. Sería martirizado cuatro años después, a la edad de 23 años. Había llegado a España en abril de 1935.
Del beato sonsoneño Fray Melquiades Ramírez Zuluaga se sabe que su familia era toda santuariana “y que por un azar de la vida terminó naciendo en el municipio de Sonsón”, comentó el padre Francisco Ocampo, quien sabe estos detalles de primera mano, pues conoce de tiempo atrás a la familia del beato, ya que él mismo es oriundo de El Santuario.

“Ananías y Clotilde, los papás de Fray Melquiades, tuvieron que emigrar a tierras sonsoneñas, donde nacería el único no santuariano de sus nueve hijos. Luego se devolvieron a El Santuario y se asentaron en la vereda Aldana, donde sus descendientes compraron una casa con la indemnización que varios años después le reconoció el gobierno español por el asesinato del beato”, añadió el sacerdote.
Como sucedió con el beato Eugenio, Fray Melquiades solo adquirió ese, su nombre religioso, luego de consagrarse como servidor de la Orden de San Juan de Dios. Fue bautizado en Sonsón como Ramón Ramírez Zuluaga, en 1909. Recibió el hábito como hermano hospitalario en 1933 y también llegó a Madrid, al sanatorio de Ciempozuelos, en abril de 1935. Al momento de ser asesinado sumaba 27 años.
“El beato Fray Melquiades Ramírez Zuluaga es también el patrono de la Corporación Educativa para el Desarrollo Integral (Coredi), entidad de la que soy fundador. Se fundó en El Peñol, pero ahora tiene la sede principal en Marinilla. Administra tres colegios urbanos en Rionegro, Marinilla y El Peñol, con cerca de 500 estudiantes cada uno. Con la Gobernación de Antioquia tenemos un convenio de cobertura educativa en 36 municipios de Antioquia, con el cual alcanzamos a educar a cerca de 10.000 estudiantes”, comentó el padre Francisco Ocampo.

Por su parte, el beato Fray Rubén López Aguilar, oriundo de Concepción, es considerado el patrono de la Diócesis de Girardota, según explicó el mismo padre Ocampo. “Cuando en una diócesis se eleva a los altares a uno de sus fieles, pasa a ser su patrono. Un beato puede ser objeto de veneración, muy cerca de ser santo. En este caso específico, de los tres beatos de Oriente, al hacer parte de un grupo más grande de hermanos hospitalarios martirizados al mismo tiempo y por las mismas razones, si se comprueba un milagro fruto de la intercesión de uno de ellos, automáticamente todos podrían ser declarados santos”.
En el templo de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, en el parque principal de ese municipio, en uno de sus corredores laterales, se encuentra una estatua de Fray Rubén, con un par de placas de agradecimiento por los favores recibidos. Rodrigo López López, sobrino del beato y jubilado de 72 años, junto con otros ocho familiares, constituyeron en febrero de este año la Fundación Beato Rubén López Aguilar.
“Es una fundación para desarrollar programas de beneficencia en Concepción y sus alrededores, destinados principalmente a los adultos mayores y a la infancia. También hemos pensado en lograr la repatriación de los restos del beato Rubén, que está en el cementerio de Montjuic, en Barcelona”, indicó recordando que su pariente, a quien no conoció en vida, sirvió también como enfermero en la Guerra Colombo Peruana de 1933, tres años antes de morir masacrado junto a seis de sus Hermanos Hospitalarios colombianos, en una cárcel de Barcelona.






