De formación arquitecto, de vocación creador y de corazón veneciano, Luis Fernando Betancur Merino convirtió un acto íntimo de amor por la Navidad en todo un referente del municipio de Venecia. Graduado de Arquitectura de la Universidad Pontificia Bolivariana en
los años 80, Luis Fernando nunca se desligó de su tierra. “Yo prometí no desamparar mi pueblito y nunca lo he hecho”, dice con convicción.
Esa promesa tomó forma, con los años, en un pesebre monumental, elaborado por él mismo durante sus ratos de ocio. “Nunca me imaginé que esto fuera a crecer tanto. Yo lo hice como un detalle que quería tener con mi pueblo, pero fue creciendo y se volvió algo monumental”, confiesa.
Para Betancur, la obra es también una expresión profunda de realización personal. Cree firmemente que cada persona tiene un talento y que descubrirlo es uno de los mayores premios de la vida. “Si después de descubrirlo lo usas para alegrar a otros, para regalarles un momento de felicidad, eso vale oro”, afirma. Esa recompensa la percibe cada vez que
observa los rostros de quienes visitan el pesebre y se detienen, maravillados, ante cada detalle.
Su vida profesional ha sido intensa y exigente. Fue jefe de construcciones del municipio de
Medellín durante diez años, curador urbano por 25 años y docente en cuatro universidades. Aun así, nunca dudó en reservar tiempo para esta creación navideña que considera irrenunciable.
“Soy una persona muy ocupada, pero nunca he dudado en sacarle tiempo
valioso a la construcción de este pesebre”.
El proceso creativo ocurre en un cuarto de hobbies, bajo tierra, en su casa en El Poblado, un espacio íntimo y silencioso. “Ahí me aíslo del mundo, pongo mi música y empiezo a crear sin prisa y mucho amor”. Amante declarado de la música sin fronteras pasa del reggae a la salsa, el tango o la electrónica, encuentra en esos sonidos el acompañamiento
perfecto para dar forma a cada escena del pesebre.
Aunque para el público la obra resulta casi perfecta, su creador es el primero en señalar sus imperfecciones. “Yo le veo todos los defectos. Cada año me digo: este tiene que ser mejor, más bonito, perfecto. Sé que nunca lo será, pero ese es el sueño que me mueve”.
Quizás por eso el pesebre sigue creciendo y renovándose. Y tal vez por la misma razón, no recuerda haber recibido jamás un comentario negativo. “Todo lo que me dicen es hermoso, sobrecogedor. Eso reafirma que el esfuerzo vale la pena”.





