El dolor es legítimo, hay que sentirlo con aceptación y sin prisa; permitirlo no es debilidad, es reconocer la herida abierta e ir en búsqueda de su tratamiento. Curarlo es sinónimo de tiempo y en medio de este tránsito habrá días de avance, pero también días de retroceso; es la plena supervivencia de una mente sobre-pensante que se debate entre deprimirse por la soltura del pasado y la ansiedad por la inmediatez de un nuevo futuro.
Itinerancia, algunos días vendrán un poco mejor y otros vuelven a romperte, al principio se sentirá como un ciclo repetitivo sin dirección, a veces crees que ya lo superaste y luego, otra vez, duele como el primer día. Todo eso estará bien, incluso, en medio de ese carrusel sigues sanando; así es el proceso: pierdes batallas, pero vuelves a levantarte golpeado con la obsesión de conquistar tu propia guerra. Sanar la herida es un proceso transformador que duele y cuesta, es un sube y baja de emociones que tendrás que ver como materia prima para el surgimiento de una mejor versión tuya.
Volver a tu reencuentro, el sentimiento de desfragmentación o ruptura, será necesario para el ingreso de una nueva luz que inunde tus zonas oscuras u olvidadas; así redescubrirás talentos, habilidades, capacidades inadvertidas que serán la cuota inicial para dar marcha al resurgimiento, la verdadera sanación no nace desde fuera, sino que emerge desde dentro en medio de una lucha que decidiste combatir con herramientas que no veías antes en cada parte de tu ser.
Acepta la ayuda, nunca se está demasiado solo; serán oasis los encuentros que se crean en medio de las conversaciones y la sincronía con el otro. Hacerlo presencial para que se respire el mismo aire y no exista la invalidación de las emociones; recibir contención, espejo, compañía que sostiene; compartir tu experiencia será reducir esa sensación de vulnerabilidad y desnudez emocional.
Una herida puede ser una excusa para apagarte o una nueva razón para reconstruirte, sanar es una prueba de tarde o temprano tendrás que agradecer para cuando estés desesperado y todo esté oscuro, cuando la tormenta llegue y la niebla tape tu visión, cuando no sepas si estás subiendo o bajando la escalera, ni tampoco entiendas en qué punto de tu vida estás; cuando te sientas como un náufrago después de haber perdido la brújula y te veas desintegrado, devastado, golpeado… Estás en el mejor momento de tu vida, abraza esa prueba, agradece por ella, es el momento preciso, el peldaño anterior para descubrir quién eres.
Sanar es aprender que no fue una maldición, tampoco una injusticia, mucho menos que Dios te olvidó. Sanar es el momento de volver a creer y observar que, en medio de la tormenta, una luz propia mucho más potente y brillante comienza a encenderse a partir de ese momento.





