Hay una simple clave pedagógica que se refiere a la convivencia ciudadana, para hacer posible que giremos del deseo a la acción, de la teoría a la práctica. Se trata de algo tan sencillo, vital y urgente como el disponernos al servicio desinteresado, que tanta alegría trae como compensación.
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Siempre hay alguien que nos necesita para algo simple y fácil en nuestro círculo familiar, vecindario, oficina, universidad, iglesia, cancha, supermercado, calle. Lo importante es no darle tiempo a los prejuicios y valoraciones personales acerca de lenguaje, o apariencia, porque de manera natural y automática nos inhiben frente a la amabilidad, la compasión y el servicio.
Es apenas normal sentir temor ante lo desconocido y mantener el necesario autocuidado, porque la ingenuidad puede salir cara. Pero tampoco podemos permitir que todo parezca peligroso y sospechoso porque esa actitud nos cierra completamente ante la oportunidad de servir a alguien que lo requiera en un momento preciso.
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Se trata entonces de colocarnos en un punto de equilibrio, sin excesiva bondad que obnubile, ni tampoco miedo o desconfianza que paralizan. Observar con todos los sentidos, evaluar y actuar.
Cuando se trata de servir a los demás, entonces, la recomendación es mantener una actitud vigilante que nos permita intervenir adecuadamente con solidaridad, sabiduría, oportunidad, sin descuidar la necesaria responsabilidad y cuidados por nosotros mismos.
Entrenarnos en aprender a servir es por tanto una de las habilidades primordiales para mejorar nuestra vida en comunidad y hacerla más grata para todos. Se trata de sentir que no estamos solos y que, por el contrario, estamos seguros y abrazados en una especie de “colaboratorio” ciudadano.
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Vamos a comprender y aplicar la premisa de que lo único realmente observable en los seres humanos es su comportamiento. Y, por eso, se trata de actuar, de intervenir en la realidad, y no podemos quedarnos simplemente en desear y expresar buenas intenciones. Con eso no basta, eso no le sirve a nadie.
Cuando digo servir, me refiero a esos mínimos oficios y favores cotidianos que no requieren ni entrenamientos especiales ni riesgos. Son fáciles de prestar y surgen de nuestra natural amabilidad y cortesía.
Ese llamado arte de la convivencia se aprende practicando con ejercicios menores que pueden irse sofisticado con la experiencia y el enriquecimiento de la empatía, para ir creciendo en humanidad y responsabilidad compartida.
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Un primer gesto y toda va llegando; el punto es muy sencillo para sentir que se avanza en la maestría del servicio: ensayar a decir “sí”, cuando alguien diga “necesito”, y antes de que termine la frase. Sentiremos en acción esa fuerza interna que nos impulsa y nos hace disponibles, cercanos, confiables, serviciales, compasivos.





