In memorian*
En los minutos sucesivos a una tragedia, se reconoce la tristeza contenida en el silencio. Desde el pasado viernes, en la noche, el barrio San Bartolo, en San Antonio de Pereira, en Rionegro, está sumido en un pesar callado y perceptible después de conocer la noticia del asesinato de Jaime Esteban Rendón.
Ese día, él salió a pasear por las calles del lugar con los perros que tenía a su cargo. Y en el camino, uno de ellos, se desvió un poco de la ruta y llegó al antejardín de Jesús Darío Ariza, un hombre que al ver lo ocurrido se llenó de rabia y ahora carga en el nombre y en su cuerpo, el título de presunto asesino. Presunto porque la justicia aún no ha logrado pronunciarse de forma definitiva.
Algunos testigos** cuentan que Jesús Darío Ariza disparó contra Jaime Esteban Rendón y que las autoridades tuvieron que llevárselo del sitio para evitar que la indignación, tal vez, se instalará en el lugar y hubiera otra tragedia.
Cuentan que después de la retención quedó libre por asuntos legales que están en poder de la Fiscalía. Desde entonces, se desconoce dónde está y qué sigue. Jorge Rivas, alcalde de Rionegro, se pronunció con pesar ante este hecho y pidió a la Fiscalía adelantar
el “debido proceso”.
Mientras las autoridades avanzan con el proceso judicial, su esposa Ana y sus hijos, Amelia y Agustín, no terminan de entender lo ocurrido y a veces creen que se trata de un sueño oscuro.
Y no entienden lo sucedido porque extrañan a ese hombre al que muchos definen con una
palabra: generosidad.
Y es que la mostraba en su trabajo, en su casa al estar con los niños, en sus días con Ana, y en sus paseos con los perros, esos animales a los que quiso desde muy temprano y a los que siempre ayudó desde que rescató a uno llamado Tito y entendió que podía cambiar la vida de esos seres débiles, de la calle, y sin voz.
Los vecinos y cercanos lo recuerdan por su gusto por la conversación que lo
llevaba a prestar atención a quienes se acercaban a él. Una de esas personas**
lo define así: “Siempre tenía tiempo para escuchar, aconsejar o simplemente
compartir una sonrisa”.
Algunos resaltan su inteligencia: “Era un conversador brillante. Se podía hablar con él de cualquier tema: política, historia, actualidad, cultura. Siempre estaba informado, siempre tenía una mirada reflexiva y respetuosa”.
Otros decidieron ir más allá del episodio que acabó con su vida: “Lo despedimos con el corazón lleno de gratitud. Porque su vida fue un regalo. Porque su ejemplo nos inspira a ser mejores. Y porque, aunque ya no esté físicamente, su espíritu sigue caminando a nuestro lado, como lo hacía por las calles, con la correa en mano, de los perros que paseaba”.
Egresado de Comercio Exterior de la Universidad Católica de Oriente, quienes lo conocían agregan que combinaba su formación académica con una “sabiduría emocional que lo hacía único”. Por eso, quienes lo conocieron se esfuerzan por alejar las imágenes del último día, confiar en la justicia y en ayudar a Ana y a sus niños a quienes Jaime Esteban Rendón dejó un regalo: la nobleza vivida.
*Dedicado a Jaime Esteban Rendón, un hombre que será recordado por lo entregado a las personas que lo tuvieron cerca.
**: en este artículo no aparecen los nombres de las personas escuchadas
para respetar su pedido a mantener en silencio su identidad.





