Del desierto al tengo sed

Por: Redacción
1 abril, 2016
En cada ser cohabitan lo múltiple y la carencia, la claridad y la oscuridad, el masculino y el femenino. ¡Qué universo! Somos la síntesis de todo lo creado
/ Elena María Molina
Nací y fui educada en una familia, en un colegio y en una universidad católica romana. Y doy gracias a la vida por esas experiencias que me impulsaron en la vida al servicio como fundamento, y las búsquedas interiores, lo que me permite afirmar que siempre tengo sed. Tengo sed de conocimiento, de amor, de ver más allá de lo cotidiano.

Es maravilloso tener sed. Y hay dos situaciones dentro de la vida de Cristo que me tocan el alma. El primero es su encuentro con la samaritana. Creo que es en ella donde he vislumbrado qué es el amor y qué el espíritu religioso.

Para explicarlo, me remito a Annick de Souzenelle para que hablemos del pecado, que es el paso inicial a la comprensión: en cada ser cohabitan lo múltiple y la carencia, la claridad y la oscuridad, el masculino y el femenino. ¡Qué universo! Somos la síntesis de todo lo creado. Y somos llamados a ver, a indagar, a acechar, a conocer y reconocer con nuestras pequeñas claridades nuestro lado obscuro. Hacerlo nos convierte en seres en vía de ser íntegros, completos.

El problema radica en el olvido o la desidia en la mirada sobre el lado obscuro. No hacerlo es darle fuerza y vida de tal manera que él actuará en nosotros de manera autónoma. Y en lugar de hacer y ser portadores de luz, portamos oscuridad. ¡Pecado! ¡Cuál pecado! El pecado es no esclarecer, no vernos, no indagar. “Bendito el pecado de Adam”. Hacer y ser luz o ser y quedarnos en la oscuridad, que gana espacios, más autonomía, más realidades.

Los psicólogos podrían ayudar bastante en este reto de hacer consciente lo que traemos y acumulamos en el inconsciente. Tal vez su lenguaje traería menos rechazo, porque reconocer el espíritu religioso causa malestar, gracias a Dios. Rebelarse contra lo banal del espíritu religioso es el primer paso para uno verse, para uno revelarse.

Pero volvamos a la samaritana, tan próxima a la Magdalena, tan próxima a todas las mujeres. Dame de beber, dice Jesús, que reconoce en ella la infinitud de su amor, de sus búsquedas amorosas. Tantos maridos, tanta necesidad de encontrar el masculino, de encontrarnos. Ese es un gran reconocimiento que pasa desapercibido, la necesidad de entrar en el agua viva del amor que Cristo propone, que es el mismo que ella tiene en abundancia y busca en los otros. No se busca.

Además en el relato de la samaritana queda explícito un segundo impacto: hay que orar en espíritu y en verdad. El que se sienta bien en el templo de Jerusalén, bien; el que vaya al pozo de Jacob, bien; el que vaya a la mezquita, bien; a la sinagoga, bien; o a otro templo, o donde los taitas… y el que no vaya a ninguno, también está bien, si ora en espíritu y en verdad. Si permitimos, si conversamos con lo múltiple interior y con ese otro lado oscuro que nos habita y estamos en búsqueda del agua que calme la sed infinita de amor.
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