Durante mucho tiempo pensé que ser mamá de dos sería solo una versión más intensa de lo que ya conocía. No lo es.
Hay un pequeño duelo silencioso del que casi no se habla, dejar de ser madre de un hijo único. Aceptar que ese vínculo exclusivo se transforma, que se parte, que se comparte.
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Y en medio de esa transición, uno también se pierde un poco.
De pronto ya no hay tiempo para mirarse al espejo. El cuerpo cambia sin pedir permiso después de gestar y parir, aparecen estrías, la peluquería queda fuera del radar y dormir se vuelve un lujo improbable. Uno empieza a sentirse como un patito feo, mientras intenta sostener a un bebé en brazos y, al mismo tiempo, estar disponible para otra criatura de dos años que quiere pintar, correr, jugar escondidas, salir al parque.
La simultaneidad es brutal. Mientras amamanto, alguien me toca la pierna para que juegue. Mientras consuelo, alguien espera que esté presente.
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A veces, en medio de la sinfonía de llantos, no sé por dónde empezar. No sé a quién tomar primero. Y, aun así, algo en mí recuerda que este ruido, que hoy me desborda, muy pronto terminará. Y que, cuando lo haga, lo añoraré en silencio.
A veces me siento mal por no estar corriendo con mi hija mayor. La veo llena de energía y sé que espera más de mí. Pero hay días en los que simplemente no puedo. No es falta de amor. Es falta de fuerzas. Y aceptar eso también ha sido parte del aprendizaje.
Siempre me imaginé una casa llena de juguetes, de niños corriendo, de mesas largas y ruido. Durante mucho tiempo pensé incluso en tres hijos. Hoy ese pensamiento aparece y se va. No lo discuto, no lo decido. Entiendo que hay preguntas que no se responden en medio del cansancio, sino cuando la vida vuelve a tener un poco más de aire.
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Estamos cerrando diciembre. Escribo esto sabiendo que los próximos meses transcurrirán en una licencia que no se parece al descanso que alguna vez imaginé. Sé que 2026 no será el año en el que más meses ni más horas podré trabajar, pero sí será el año en el que cada una tendrá que importar. El valor del tiempo ahora sí se vuelve real, no como consigna, sino como urgencia. Perderlo ya no es solo ineficiente, es doloroso.
Y, aun así, el cansancio es profundo. A veces tan extremo que no sé por dónde empezar a recuperarme. El cuerpo, que viene de sostener vida, pide pausa, no resultados. Pide tiempo, no exigencia. Quiero recuperar mi estado físico, mi cuerpo, pero todavía no sé cuál es ese cuerpo. El que tenía ya no está. El nuevo apenas se está formando.
Quiero volver a mis rutinas. Empiezo a leer y en la página dos tengo que parar. Solo pude concentrarme en una de ellas. Quiero meditar, pero me baño con la puerta abierta para que mi hija mayor sepa que sigo en casa. El autocuidado, en esta etapa, es vigilado, interrumpido, a medias.
Hasta había tratado de seguir escribiendo. Pero el embarazo, en sus últimos meses, no me lo permitió.
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Mis ganas de dejar todo perfecto, el trabajo organizado, los presupuestos cerrados, los meses de la licencia calculados, las metas superando expectativas, no me dejaron darme un respiro. Quise cumplir. Con todo. Con todos. Incluso conmigo.
Tal vez por eso mi hija casi no decide nacer. Esperamos cuarenta semanas y tres días. El 12 de noviembre mi vida cambió, otra vez.
Volví a mirar unos ojos que quiero que se asombren con el mundo, como yo me asombro cada vez que los veo.
Desde entonces, vivo en una paradoja constante, el cuerpo cansado y el corazón despierto. He tenido que aprender, a la fuerza, que hay etapas que no se optimizan. Se atraviesan. Que la disciplina hoy no está en hacer más, sino en sostener mejor. En aceptar lo que es, sin resentimiento ni pelea.
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Y también he entendido algo más, sola no podría estar viviendo esto. Nada de esto sería posible sin mi coequipero, mi amigo, mi esposo. Él no llega a salvar, llega a sostener. Es firme cuando yo flaqueo, sereno cuando el ruido abruma, claro cuando el cansancio nubla. Es quien me recuerda, incluso en los días más difíciles, que lo único verdaderamente bajo control es cómo caminamos juntos lo que nos toca. Fue él quien me dio tranquilidad y armonía cuando lo conocí, y es él quien me las devuelve cada vez que las pierdo.
Este no es el cierre de año en el que me siento más fuerte. No es el momento en el que más produzco. No es la versión más eficiente de mí. Pero sí es una etapa en la que sostengo. En la que aprendo a estar. En la que entiendo que la presencia, aunque silenciosa, también es una forma de éxito.
Tal vez 2026 no sea un año para brillar. Pero sí, sin duda, uno profundamente humano.





