Hace unas semanas me compartieron un contrato de prestación de servicios que parecía más una condena que un acuerdo.
No era para un negocio millonario ni una alianza internacional. Era un contrato por una sencilla transacción publicitaria que no superaba el millón de pesos. Pero, las penalidades por incumplimiento no solo eran arbitrarias: sumaban ciento cincuenta millones. ¡Ciento cincuenta!. Una desproporción que, lamentablemente, no suele ser la excepción.
Cada vez que leo un contrato, no puedo evitar pensar que en este país los contratos son un espejo. Reflejan quiénes somos como sociedad.
Son pocos los contratos que he leído, en estos quince años emprendiendo, que nacen de la confianza y el equilibrio. La mayoría se redactan desde la desconfianza, buscando asimetrías de poder o ventajas frente al otro. Y muchas otras, desde la falta de contexto, donde el estándar parece ser que las áreas legales sumen cláusulas sin entender el por qué o para qué de la relación.
El fin de semana pasado escuché el caso de una trabajadora doméstica en Bogotá. Una familia la contrató “por contrato de misión”. Esta figura, pensada para cubrir necesidades puntuales mediante empresas de servicios temporales, suele usarse de manera irregular para evadir responsabilidades laborales.
¿Lo grave? Deja a la persona contratada sin cesantías, sin derecho a indemnización, sin la posibilidad de protegerse ante una eventualidad.
¿Lo triste? La persona a contratar probablemente lo termine firmando porque no tiene “otra opción” o simplemente desconoce sus derechos.
Los contratos —entendidos como la formalización de una nueva relación— no deberían firmarse con un cuchillo en la boca o con el susto de que nos lo claven por la espalda. Deberían sentirse diferentes: un acto de claridad y confianza que enmarque el propósito de la relación y permita resolver, de manera justa y eficiente, cuando las cosas no salen bien.
No soy abogado, y bienvenidas sus opiniones, pero considero que un buen contrato no debe buscar blindar, sino anticipar. No debe partir del miedo, sino del acuerdo y la justicia. Y para escribirlo bien implica tres cosas simples, pero esenciales:
- Claridad: decir lo necesario, sin ambigüedades ni letra pequeña.
- Equilibrio: mantener la buena fe y la justicia entre las partes.
- Protección: prever las eventualidades sin ahogar la confianza.
Los contratos son herramientas para equilibrar derechos y deberes, proteger sin sofocar y recordar que detrás de cada firma hay relaciones en potencia, no solo partes.
Estoy convencido de que si aprendemos a escribir mejores contratos —más humanos, más justos, más conscientes—, también aprenderemos a construir una mejor sociedad. Como bien dijo Ronald Dworkin, “el derecho no protege intereses, protege dignidades.”





