A veces, la verdad se parece a los filamentos titilantes de una bombilla: frágil, delicada, cambiante. O a los hilos de una tela: compleja, extensa, sujeta a las uniones de los hilos bordados, dependiente de la mano, del grosor de las agujas.
Esta escena aplicada a la vida podría equivaler a una historia que tiene tantos lados como personas, versiones o miradas ante el mundo. Y por eso, el oficio periodístico se vuelve complejo: se nos pide inmediatez y experticia. También conocimiento y una postura.
Desde hace días, esta casa editorial ha seguido de cerca la historia de dos cuadros de Débora
Arango que el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) está interesado en vender.
Y solo hasta ahora nos pronunciamos. Por prudencia. Y porque había y hay lados confusos.
Sobre el propósito, dijo el MAMM en un comunicado: “que la obra de la maestra circule y se mantenga viva en la memoria cultural del país, tal y como ocurre con la obra de los más importantes maestros”. Luego de conocida esta posibilidad, comenzaron a difundirse frases y palabras.
MÁS ALLÁ DE LOS RUMORES, MALESTARES, REGIONALISMOS,
ACUERDOS LEGALES O POSIBILIDADES ECONÓMICAS HAY
QUE PENSAR CÓMO LOGRAR QUE LA OBRA DE DÉBORA ARANGO SE
CONOZCA MÁS EN EL MUNDO.
Algunos recordaron un “pleito incómodo y viejo” entre el Museo y la familia, otros han hablado de respetar la voluntad de los fallecidos o han cuestionado el rol (y hasta el lugar de nacimiento) de María Mercedes González, la directora.
A lo anterior se sumaron voces que difundieron el supuesto valor de las obras o detalles del
acuerdo legal. Y aunque en el fondo de toda esta discusión reposan elementos comunes como la admiración y el afecto hacia una mujer que vio el futuro antes de su tiempo, el anuncio del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes de no autorizar la solicitud de enajenación de las obras tituladas Rojas Pinilla y Madona del Silencio presentada por el MAMM no es precisamente una victoria.
Y la leemos de esta forma porque en el fondo queda un aire de desconfianza y de incertidumbre en el sector cultural de Medellín. Un sector donde falta más trabajo en equipo, humildad, prudencia y apertura para lograr que las obras de los artistas locales lleguen más
lejos, más allá de las particularidades de cada caso.
Varias veces hemos escuchado a recién llegados (obvio, también hay excepciones) de otros lugares describir los prejuicios, la falta de apoyo, el aire de superioridad o las suspicacias locales. Y en un país del tercer mundo, como el nuestro, y en una ciudad como Medellín
donde a tantos aún les faltan comidas diarias, en su mesa, el arte aún es visto por algunos como un accesorio o privilegio de pocos. Y es así como, a veces, las decisiones del patrimonio artístico se quedan entre unos cuantos. Sin claridad.
¿Y si más allá del escándalo suscitado alrededor de las obras de Débora Arango nos enfocamos en encontrar soluciones, a través de la inteligencia colectiva, para que la gestión de los museos locales sea más exitosa y llevadera? ¿Qué hacer para que la obra de Débora Arango llegue a más personas en el mundo?





