Si hay algo de lo que todavía no estoy seguro es cómo amar sin lastimarme.
He practicado mucho en estos últimos 35 años. Primero, amé con tanta fuerza a mis padres que logré darme cuenta de que los héroes y los ídolos existen para demostrarnos que lo son a pesar de ser humanos.
Después, he amado tantas veces y de tantas formas que en el camino se me olvidó amarme a mi de la misma forma; averiguar qué es lo que me puede hacer feliz, para ser quién realmente quiero ser.
Todavía no he aprendido a regularme. Cuando mi hija me saca la rabia —y ojo con el verbo “me saca”— nadie tiene el poder de sacarme nada. Yo soy el único que permite que algo externo me quite la paz.
Por eso, no hay nada más fuerte que mirarse en los ojos de los hijos y darse cuenta de que, tal vez, ellos solo están repitiendo el patrón que uno habitó.
No me cuesta comenzar relaciones. Lo que sí me cuesta es saber cuándo dejarlas. He montado y desmontado tres casas. Y, analizando los pedazos, en la soledad de mis lágrimas, buscando culpables que me devuelven de pie al espejo, me doy cuenta de que tal vez soy yo el problema; no saber qué querer, ese es el problema.
Aún mientras escribo esto, puedo verme directo en el espejo: ojos hinchados, ego arrugado, y con el corazón espichado; listo para darlo todo, tal vez, un día a la vez.
No he aprendido que con el amor no se juega, o si no, él termina jugando con vos. Y normalmente ese juego nunca es bueno.
Si te vas a comprometer, que sea en serio. Con todos los poderes. Qué de verdad puedas ver a esa persona hermosa a los ojos y decir: “Vos sos mi pareja y estamos en esto juntos, sin importar nada”.
He aprendido que, a veces, hay que levantar la mano; pedir ayuda y decirle a la persona que amas: “De verdad que no sé cómo ayudarte, pero si es suficiente que esté acá y que mantenga tu presencia, con eso me doy por bien servido”.
Todavía no he aprendido a no meterme en las conversaciones de mis parejas con sus padres. Craso error. Termina uno de verdugo en un argumento que nunca debió existir.
No he aprendido a poner mis propios límites, a acordar los bordes sanos de mi propia humanidad. Y acordarme desde el amor que, tal vez, eso que tanto quiero y reflejo es el resultado completo de un montón de variables.
No he aprendido que a esta edad, decir de frente: “Yo solo quiero coger” es una de las cosas más honestas y más difíciles de sostener, porque en realidad, nunca es solo eso.
Repita conmigo: Nadie me puede quitar mi paz, y solo yo me la puedo devolver. Pero, qué difícil es callar a la banda de tránsfugas que habitan la cabeza (la junta directiva) y decirles: “Chicos, gracias por el interés, pero váyanse a la mierda por compartir”.
Hay que aprender a hablarse bonito. Y eso es un trabajo que con los años se logra, solo que a veces cuesta más de la cuenta.
A veces me siento y escribo para sentirme mejor, para lograr que el “Daniel del futuro” mire hacia atrás y piense: “Qué bonito es recordar que pasamos por acá y que esto nos llevó a lo que somos”.
Como decía Mafalda: “Lo ideal sería tener el corazón en la cabeza y el cerebro en el pecho. Así pensaríamos con amor y amaríamos con sabiduría”. Pero, así como Quino solo escribía lo que pluma sería una utopía, este regalo solo me convence de todo lo que no hay.
Y este, amigos míos, es solo el comienzo de una nueva historia: la historia de aprender a vivir con usted desde el amor.





