Nada más gratificante y a la vez más frustrante que cocinar, si no fuera porque de ello depende directamente nuestra existencia -comer es un imponderable diría Audrey Richards-, lo pensaríamos dos veces antes de ir a la cocina: razones de peso tenemos para hacerlo, pero también para evitarlo.
Seamos sinceros: cocinar demanda tiempo, dinero, paciencia y como si fuera poco, es una tarea altamente desagradecida: te haces un café, y la cocina queda patas arriba, el desgaste a veces no recompensa el esfuerzo, pues por un momento que nos demoramos tomándonos el café, se duplica el tiempo en poner todo nuevamente en orden. Y eso, tratándose de un café…ya podemos imaginar el esfuerzo que conlleva hacer un almuerzo o una cena.
No imagino en el pasado cómo se las arreglaban para hacerlo, pensar nada más en los olores que emanaban aquellas cocinas, el desorden, el alboroto y el ruido, me lleva a la primera escena de la película El Perfume. Dan ganas de salir corriendo después de ver el recuadro inicial.
Por fortuna, toda aquella vorágine ha cambiado gracias al desarrollo de la agricultura, el mejoramiento de la sanidad, el comercio, los sistemas de transporte, del acueducto y el mejoramiento de los espacios de preparación y consumo que hacen más llevadero y grato cocinar. Pero no quiero aguar la fiesta.
Por supuesto que nos vemos recompensados por expertos que se han tomado muy en serio la cocina, y hacen, literalmente, manjares, con solo tocar una lechuga o partir un tomate. Afortunado al que le gusta cocinar y lo disfruta y también el que expresa con ahínco que no, pues como bien lo dicen los expertos: una mala comida nunca se recupera.
Pareciera que esta diatriba nos aleja de un espacio que por siglos los humanos han construido pacientemente y también debemos ser sinceros: con el tiempo también hemos descubierto un espacio único, especial y altamente significativo para comprender lo que somos y para entender que, al cocinar, estamos generando espacios de encuentro que escapan a lo puramente material, que nos anima el placer de compartir y disfrutar con otros, no sólo alimentos, sino también momentos e historias. Cocinar siempre será la mejor manera de decirle al otro lo mucho que lo queremos y traer al presente a quienes ya han partido.





