Al cerrar el 2025, no son muchas las ideas que se nos imponen más allá de los rituales habituales de Navidad y fin de año. Es el momento de agradecer, de recoger aprendizajes, de mirar con honestidad lo vivido y reconocer las áreas de oportunidad que, bien entendidas, se convierten en los retos del año que viene. De ahí nacen los deseos de año nuevo: los lugares donde decidimos enfocar nuestra energía creativa y nuestra disciplina.
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Pero las palabras no siempre fluyen como esperamos. Son los ritmos los que terminan diciendo lo que expresamos. A veces pesa una idea que quiere salir; otras, brotan sílabas livianas, hijas de pensamientos planos y lugares comunes. No siempre hay que escribir “de los grandes temas”. O, mejor dicho, no siempre hay que creer que solo los “temas serios” merecen ser escritos.
Comparto, entonces, algunas de las cosas que aprendí este año, sin la pretensión del gran tema, sin los números que suelen amarrar el discurso de los expertos ni las imágenes prefabricadas del éxito. Aprendizajes simples, lejos de las hazañas que creemos —o nos enseñaron a creer— que vale la pena vivir y contar.
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En 2025 confirmé y aprendí:
- Que la felicidad se encuentra en cosas muy simples.
- Que se crece más cuando se crece con otros.
- Que después de los 35 años la salud no se cuida: se cultiva, con disciplina y moderación.
- Que en la familia está la base de todo lo que somos.
- Que siempre hay que apostar por la confianza, sin caer en la ingenuidad.
- Que el amor hacia los hijos es infinito.
- Que la amistad es un regalo que damos a otros y también a nosotros mismos.
- Que la vida, para disfrutarse, necesita pausas.
- Que todos los días, si miramos con sencillez, podemos aprender de otros.
2025 no fue un año fácil. Gaza y Ucrania, dos heridas abiertas a las que peligrosamente nos hemos acostumbrado, siguen produciendo dolor y sufrimiento para millones. Familias que ya no existen, sueños que no fueron, infancias perdidas y atrapadas en el odio engrosan fríos balances militares. Son derrotas humanas expresadas en guerras, muertes y hambrunas.
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En nuestro país, el contexto tampoco fue simple. La polarización política y el choque de paradigmas generaron cambios estructurales cuyos efectos inmediatos y de largo plazo transforman la manera en que concebimos el desarrollo. Un juego de intenciones y razones que no siempre se traduce en oportunidades reales y bienestar para las personas y que, con frecuencia, parece comprometer el futuro: como quien vive con holgura usando una tarjeta de crédito, hasta que descubre que las cuotas llegan, son altas y no tiene con que pagarlas.
Que el 2026 llegue con cosas buenas; que la confianza en Medellín y en Colombia siga creciendo —en las personas, en las instituciones y en su futuro—; que el bienestar y las oportunidades estén cada vez más al alcance de todos; que las apuestas de desarrollo reconozcan las capacidades y se construyan con respeto; que tengamos la disciplina para cumplir nuestros sueños y que la salud que cultivemos nos acompañe; que más personas sientan que su destino depende de ellas mismas, y cuenten con el vigor y el amor propio necesarios para hacer de su vida aquello que sueñan que puede ser.
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Que nuestras decisiones sean las correctas y que, si no lo son, los aprendizajes que nos traigan nos ayuden a vivir cada vez mejor.





