El mito de Adam

Por: Redacción
15 agosto, 2013

El mito de Adam

/ Elena María Molina
Los mitos tienen el encanto de reunir lo divino con lo humano y viceversa. Dioses que adoptan aspectos de la naturaleza humana, hombres que por su hacer son elevados a la categoría de dioses. El mito comparte esa doble naturaleza del ser humano, humano en su naturaleza animal, divino en su necesidad de devenir Dios. Hombre hecho a la imagen para devenir, hacer semejanza. Mito de mythos, palabra, historia, relato, cuento. Mitos, de la raíz mueïn que quiere decir “entrar en el misterio”.

Mitos que permiten entrar en lo real diferente a lo histórico, que nos permiten pensar que con ellos no entramos en el pasado sino en el presente. Por eso, los mitos que nos fundamentan nos interrogan y aclaran. Nos revelan mensajes de dioses y nos dejan ascender en cada nivel de lo creado. Nos despiertan viejas, antiguas memorias, que, como el oro de los alquimistas, son el resultado de hacer una lectura y otra y otra hasta entrar en lo maravilloso que el misterio esconde.

La vida del hombre desde su concepción es un proceso de separación. Se unen el óvulo y el espermatozoide y doce horas después de producirse la fecundación tiene lugar la primera división celular. Desde este momento, y cada 12 o 15 horas, el nuevo ser multiplica por dos el número de sus células. Y desde el nacimiento hasta la muerte, la vida del hombre es tratar de recuperar la unidad inicial. Que sus dos naturalezas se comprendan, se reconozcan y sean una: la divina.

Es en el mito de Adam en el jardín del goce donde el hombre se ha dedicado a nombrar todos los animales del paraíso, se los ponen al frente y él sabe como llamarlos, como se llaman, porque ellos habitan su mundo interior. Pero Adam no tiene con quien comunicar y entonces Dios le envía una ayuda, un sopor, un profundo sueño… Y es en ese sopor donde el ve su otro costado, su otro costado –y no costilla–, su inconsciente, y maravillado exclama: “Esta –esta otra parte mía, el inconsciente– sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne…”. Dice el texto bíblico que por eso, es decir, por lo que vio, abandonará el hombre (Adam en cada uno de nosotros) a su padre y a su madre y se unirá con su femenino, resultando una sola carne.

Después de la maldición-bendición, es cuando aparece Eva, madre de todo lo viviente.

La vida del hombre tiene sentido cuando desposa su lado oscuro, lleno de información. Su femenino, oscuro, noche, abismo, inconsciente, su otro lado, su otro costado. Consciente e inconsciente, esos dos aspectos de nuestra naturaleza que venimos a cultivar y donde el consciente debe ir a explorar el misterio llamado femenino y no mujer, presente en cada uno de nosotros, en cada Adam-hombre que somos con vocación de reunir las polaridades, con vocación de ser UNO.
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