*Por: Carlos Arturo Fernández
En el marco de las Bienales de Arte realizadas en Medellín (1968, 1970, 1972, 1981), el artista y gestor cultural Leonel Estrada Jaramillo, quien fue su promotor y líder más visible, sostuvo siempre la necesidad de que el arte colombiano entrara en diálogo con las corrientes artísticas de las vanguardias contemporáneas.
Dentro de las estrategias desarrolladas para ese fin, Leonel Estrada compone un Diccionario del arte actual que en ediciones sucesivas busca aproximarnos a los problemas estéticos del siglo XX y, a partir de allí, posibilitar una mayor comprensión y el disfrute de manifestaciones artísticas que seguían resultando extrañas para muchas personas.
En la exposición titulada “Señal abierta. Lenguajes del arte actual”, el Museo de Arte Moderno de Medellín, con la investigación y curaduría de Arturo Salazar y José Ruiz, busca hacer una nueva lectura de su colección y de su archivo documental a partir de una serie de conceptos que parten del Diccionario de Leonel Estrada, con su misma intención de fondo: proponer caminos de interpretación de las prácticas artísticas desarrolladas en nuestro medio a partir de las décadas finales del siglo XX.
Nuevos significados
Pero no se trata de un ejercicio nostálgico que se detenga en recordar el sentido pedagógico de las Bienales. Más bien, se parte de la conciencia de que los procesos actuales del arte y la cultura han cargado los conceptos estéticos de nuevos significados que, por ello mismo, permiten abordar otra vez obras ya conocidas y estudiadas, pero ahora desde perspectivas diferentes y posiblemente más amplias que las utilizadas antes.
En “Señal abierta. Lenguajes del arte actual” se revela la pervivencia de una convicción que estaba presente en la propuesta de Leonel Estrada: que, en el proceso de conocimiento, el ser humano necesita nombrar los matices de la realidad para poder aclararlos, compartirlos y discutirlos; no es un asunto de erudición ni la búsqueda de terminologías especializadas, sino, por el contrario, una exigencia para que el diálogo cultural sea posible. Y, en cierto sentido, lo que hace la teoría estética (el Diccionario) es buscar un concepto para aproximarse a la realidad revelada por el arte.

Ethel Gilmour (Cleveland, USA, 1940 – Medellín 2008) dedica su trabajo artístico y su actividad docente en la Universidad Nacional a plantear que en la cotidianidad se encuentra la visión del mundo y los valores que nos constituyen.
Aunque frente a las características de la cultura actual puede parecernos algo normal, si se mira la historia del arte del pasado se comprende que se trata del resultado de una verdadera revolución del pensamiento de la cual forma parte Ethel Gilmour. Y puesto que la casa es el espacio privilegiado de la cotidianidad, la configuración del espacio doméstico es, al mismo tiempo, el punto de partida para la comprensión de la compleja situación social que se vive en Colombia.
Ethel Gilmour lo manifiesta siempre a través de su obra, con una lucidez y coherencia que hacen de ella una de las figuras más comprometidas del arte actual, tanto social como políticamente.
Arte y testimonio
En La siesta, una obra al óleo de 1995, de la serie “No ficción”, Ethel Gilmour une dimensiones de pintura, de documentación y de testimonio que ubican este trabajo en un nivel diferente al de una obra habitual. Se nos revela aquí la riqueza de los lenguajes del arte de hoy y, quizá, la necesidad de nuevos conceptos de análisis e identificación.
El texto escrito sobre el lienzo relata el acontecimiento que motiva la pintura: mientras ella y su marido, el también artista Jorge Uribe, duermen la siesta en su casa, ubicada en un piso alto en el Parque Bolívar de Medellín, una bala perdida rompe el vidrio y cae junto a su cama. En una pequeña caja en el ángulo inferior derecho del cuadro se conservan como prueba los restos de la bala.

Pero, sobre todo, la obra documenta la intrusión de la violencia que amenaza con destruir el ámbito de una cotidianidad amorosamente construida, de la cual es imagen la cuidadosa elaboración de la pintura.
Sin grito ni desgarramiento, esta pintura frontal y directa, con una estructura transparente que abandona toda ilusión de perspectiva, nos deja el testimonio silencioso de una etapa dramática de nuestra historia que quiso arrasar con lo más íntimo de cada uno de nosotros.




