Por: Juan Felipe Quintero
[email protected]
Les daño el final: el vino sin alcohol me gustó. Me instalé como es debido cuando se quieren analizar vista, olfato y gusto, con copas adecuadas, tomando notas, sin prejuicios contra la tapa rosca de la botella, con respeto por el producto. El consumo del 0 % sigue creciendo en entusiastas y quise hacer la fila para ver dónde y cómo terminaba. Y me gustó.
Este mercado crecerá hacia 2031, de acuerdo con Mordor Intelligence, a una tasa anual del 9,12 %, incluso en la feria Mundus Vini Non-Alcoholic, de Alemania, el jurado evaluó 350 ejemplares, un 50 % más que los inscritos de 2025, pero en Porto, Portugal, me dio lidia encontrar una botella. Tal vez en sus ciudades la oferta difiera y entiendo que Canadá, Japón y Estados Unidos tienen los mejores números.
Me decidí por un blanco, hermano sobrio del Mula Velha (de 12,5 %) y creado con Arinto y Fernão Pires en Lisboa. La etiqueta no indica la añada ni las cepas y mantiene el tributo a la mula vieja, que en este país describe a una persona experimentada, sabia y que no cae en engaños.
La primera impresión fue su nariz inexpresiva y creí que había exagerado en nevera, en la búsqueda de los 6 grados, ideales para un blanco. Los vinos pasados de frío dan muy poco, así que esperé a que ganara temperatura, sin embargo, el resultado fue muy similar.
El paladar, en cambio, resultó fresco, afrutado, divertido. La mejor señal de que un vino gusta es querer una segunda copa y así ocurrió. Me serví la tercera y sí lo acompañaría con comida, con postres de limón o de naranja. Y vienen los no: el precio desinfla, es casi el doble de su par (según el enólogo portugués Frederico Vilar Gomes, el proceso de eliminación del alcohol es complejo y caro); y no tiene el perfil necesario para acompañar una sentada de esas inolvidables de buenas comidas, buenas conversaciones, buenas compañías.
Y otro no: la Organización Internacional de la Viña y el Vino indica que el grado alcohólico no puede ser inferior a 8,5 %. Esto mismo me señaló el somelier argentino Pablo Joaquín Jaime: “Veo difícil considerarlo vino como lo hemos entendido siempre, ya que el alcohol es indispensable en la estructura de nuestra amada bebida”, sin que se prive de explorar: “El mejor 0 % que he probado es Nieto Senetiner espumante”.
El 0 % lo veo como alternativa para cuidarse de gaseosas y jugos de caja, falsos amigos de la comida: bien puesto en una copa, con cinco cubos de hielo y una rodaja de lima o de naranja, más un toque de menta o hierba buena y un chorro de agua con gas. En Colombia destaca el español Sangre de Toro -un ganador de Mundus Vini-, en blanco, rosado y tinto y también casi doblando el precio de sus primos lejanos. “Disfrutar con total libertad nunca fue tan delicioso”, dice su leyenda, que bien se conecta con el ADN que le está dando chispa a este mercado: cuidar la salud, controlar calorías, poder brindar con prestancia y conducir con seguridad.




