“Yo no entiendo qué estoy haciendo mal”: me dijo el paciente, apenas se sentó.
Llevaba doce años casado y tenía dos hijos… según él, había intentado hacer siempre lo que tocaba, o lo correcto: pagaba las cuentas, llevaba a los niños al colegio, iba a las reuniones, los acompañaba al médico, hacía mercado los fines de semana y cuando su esposa quería salir, él se quedaba con los niños.
“Yo le colaboro mucho a mi esposa”, me dijo.
Y yo, me detuve en esa expresión. ¿Cómo así que le colaboras?
“Sí. Yo hago muchas cosas en la casa. Le ayudo con los niños, hago mercado, los llevo al colegio…”.
Esa expresión de “yo le colaboro a mi pareja” siempre me ha causado inquietud. Y pensé que esa palabra decía más de lo que él imaginaba. Porque cuando un padre dice que “le colabora” a su esposa con los hijos, pareciera que la responsabilidad fuera de ella y que él estuviera haciendo un favor.
Pero no está colaborando. Está siendo papá. No está ayudando con la casa. También es su casa.
Seguimos hablando y la lista continuó. Cumplía con los cumpleaños, compraba regalos, celebraba los aniversarios, llevaba a su esposa a comer de vez en cuando. Hacía, en apariencia, todo lo que debía hacer.
Entonces le pregunté cómo estaban las cosas con su esposa. Mal. Respondió.
¿Y con tus hijos?
Bien. Supongo. Y ese “supongo” también me llamó la atención.
Le pregunté cuándo había sido la última vez que se había sentado con alguno de sus hijos, sin hablar de tareas, colegio o pendientes, simplemente para saber qué estaba pasando por dentro. Y él no supo qué responder.
Entonces entendí que el problema no era que no hiciera cosas. Hacía muchas. El problema era que había convertido los vínculos en una lista de obligaciones.
Y eso nos pasa con frecuencia. Hemos aprendido a entender la corresponsabilidad como repartir tareas: tú haces esto, yo hago aquello; tú recoges a los niños, yo pago la matrícula; tú cocinas, yo hago mercado. Y, por supuesto, eso es necesario. Pero la corresponsabilidad es algo más.
Es asumir conscientemente lo que significa estar en la vida del otro.
Una pareja no solo necesita pagar cuentas y cumplir aniversarios. También necesita conversar, preguntar, escuchar y darse cuenta cuando algo está cambiando. Un padre no solo necesita llevar a su hijo al colegio y pagarle la universidad. También necesita saber qué le preocupa, qué sueña, qué le duele, qué teme. Una madre no tiene que cargar con todo para demostrar que ama a sus hijos. También puede pedir ayuda y compartir responsabilidades.
Porque se puede estar presente en la agenda de alguien y al mismo tiempo estar ausente de su vida.
Y esa no es la primera vez que lo veo. Hay familias que funcionan muy bien: cumplen horarios, pagan cuentas, hacen mercado, celebran cumpleaños y salen de vacaciones. Pero hace mucho dejaron de hablar de verdad.
Tal vez por eso la corresponsabilidad no debería comenzar con la pregunta “¿qué me toca hacer?”, sino con otra más incómoda y poderosa:
“¿qué está necesitando de mí este vínculo?”.
Lo bonito de esta tarde de consulta sucedió cuando mi paciente me preguntó:
Entonces, ¿qué debería hacer?
Y yo honestamente le respondí que pensaba que no necesitaba hacer más.
Que lo que de verdad necesitaba era estar más.
Y creo que ahí empieza la verdadera corresponsabilidad: no en hacer todo lo debido, sino en ser conscientes de lo que significa ser pareja, ser padre, ser madre y en últimas, ser humano junto a otros.




