Pareciera que se percibe una calma silenciosa desde la llegada de la nueva Presidencia y el nombramiento de la nueva ministra de Salud. Las noticias sobre la crisis del sistema de salud ya no hacen tanto eco; dejaron de ocupar los titulares con la misma frecuencia.
Por supuesto, este mes la tragedia del terremoto concentró gran parte de la atención, pero también visibilizó el abandono estatal de nuestro sistema de salud en las regiones más apartadas. Un ejemplo es el Chocó, donde encontramos centros de salud que no cuentan con los equipos mínimos para funcionar, sin medicamentos y sin camillas.
Y esto no es responsabilidad únicamente del gobierno anterior. Son territorios que han estado en el olvido durante mucho tiempo.
Visibilizar la gravedad de la situación de la salud no debería ser un tema político. Es una realidad que ha pasado por las manos de muchos gobiernos y administraciones, sin que se produzcan cambios de fondo. Mucho discurso sobre lo que se debe hacer, pero pocas acciones concretas.
Mientras tanto, nuestros pacientes siguen esperando procedimientos prioritarios mientras su enfermedad avanza. Cada día aumenta el gasto de bolsillo de quienes no reciben sus medicamentos. Las citas de atención primaria pueden tardar más de un mes, como si una enfermedad pudiera esperar.
Aumenta también el uso de medicina prepagada y pólizas ante la incertidumbre que genera el sistema. Los servicios de urgencias alcanzan niveles de ocupación de hasta el 200 %. Cada día, una clínica u hospital comunica sobreocupación o anuncia el cierre temporal de algún servicio.
Y ni hablar de nuestro talento humano en salud: cada vez más precarizado. Médicos con retrasos en sus pagos que pueden llegar hasta seis meses.
Y pareciera que, por ahora, no pasa nada.
Pareciera que los pacientes tienen que contar sus historias en redes sociales, exponerse públicamente en uno de los momentos de mayor vulnerabilidad —cuando está en juego su salud— y casi mendigar por un derecho fundamental para conseguir que su clamor sea escuchado.
Y la sociedad parece ajena a esta realidad. Porque, como dice el dicho, solo quien lo vive sabe lo que se siente. Entonces, ¿para cuándo las acciones concretas?
¿Cuántas mesas más de concertación se necesitan?
¿Cuántas familias tienen que padecer esta situación para que algo cambie?
¿Cuántos videos en redes sociales tendremos que ver para que finalmente se actúe con celeridad?
La salud no puede depender de quién tenga la capacidad de hacer ruido para ser escuchado.




