Perdón por llorar. La historia de quienes aprendieron a esconder sus lágrimas

Llorar es una de las formas más humanas de expresar el dolor, pero muchos aprendimos a vivirlo con culpa. ¿Por qué sentimos que debemos pedir perdón por nuestras lágrimas? Se pregunta Alejandro Carvajal Quiceno en su nueva columna.
Por: Opinión
24 julio, 2026
Alejandro Carvajal
Por: Alejandro Carvajal Quiceno. Instagram: @psicologoalejandrocarvajal

Hay un momento en muchas consultas que siempre me conmueve. Y no es al principio cuando las palabras todavía están cuidadosamente escogidas por el paciente. Ocurre más adelante, cuando la historia deja de ser un guion preparado y se convierte en emoción natural.

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Recuerdo a una persona que al principio hablaba de su divorcio con una serenidad casi admirable. Describía fechas, decisiones y momentos con una precisión impecable. Parecía tenerlo todo bajo control. Pero, cuando le pedí que me hablara de sus hijos, su voz cambió. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Bajó la mirada, respiró profundo y antes de permitir que una sola lágrima rodara por su rostro, pronunció una frase que he escuchado muchas veces en consulta: “Perdón por llorar”. Y a mí en particular, siempre me ha parecido una de las frases más injustas que existen.

Me resulta muy curioso que pocas personas pidan perdón por controlar todo durante años. Pocas piden perdón por fingir que están bien cuando llevan meses sintiéndose vacíos. Casi nadie pide perdón por vivir agotado intentando sostener a todo el mundo mientras por dentro se está derrumbando. Pero sí hay quienes sienten la necesidad de disculparse por hacer algo tan profundamente humano como llorar.

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Soy psicólogo y trabajo en el mundo de la gestión emocional, la salud mental y los vínculos. Puede sonar extraño, pero muchas personas llegan a consulta, logran expresar lo que han guardado durante años, dejan escapar una lágrima o rompen en llanto y, casi de inmediato, me dicen esa frase temida:

“Perdón por llorar”.

Entonces me pregunto: ¿en qué momento aprendimos que sentir o llorar debía avergonzarnos?

Porque nadie nace creyendo que llorar está mal. Un bebé llora para pedir alimento, protección, consuelo o cercanía. El llanto es uno de los primeros lenguajes de la vida. Es una respuesta natural que ha acompañado al ser humano desde siempre. Nos ayuda a expresar lo que a veces las palabras no alcanzan a decir y también contribuye a regular la intensidad de nuestras emociones.

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Incluso desde la biología sabemos que llorar no es un error del cuerpo. Cuando lloramos, nuestro organismo comienza a salir del estado de alerta y muchas personas experimentan una sensación de alivio. No es casualidad que después de haberse desahogado, alguien diga con sinceridad:

“Me sirvió esa lloradita”.

Sin embargo, muchas personas no lloran cuando el dolor ocurre. Lloran cuando, por fin, sienten que están a salvo.

Y entonces surge otra pregunta: ¿quién nos enseñó a esconder las lágrimas?

Para muchos, la respuesta está en la infancia. “Los hombres no lloran”. “No sea tan sensible”. “Usted es el mayor, tiene que ser fuerte”. “Las niñas bonitas no hacen escándalos”.

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Con frases como estas, muchas personas aprendieron que sentir era una debilidad. Que había que tragarse la tristeza, esconder el miedo y resolverlo todo sin pedir ayuda.

Con el tiempo dejaron de llorar frente a los demás y después, frente a sí mismos. Pero las emociones no desaparecen porque las ignoremos. Se transforman en ansiedad, insomnio, irritabilidad, necesidad de control, perfeccionismo o dificultad para confiar y dejarse cuidar.

La vida no nos pide ser de piedra. Nos pide ser humanos. Y ser humano también significa aceptar que a veces necesitamos descansar, pedir ayuda y permitir que alguien nos acompañe.

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Pedir ayuda no es un acto de debilidad; es un acto de valentía.

Creo que uno de los momentos más valiosos en terapia ocurre cuando alguien deja de luchar contra lo que siente y entiende que sus lágrimas no hablan de fragilidad, sino de una herida que por fin encontró un lugar seguro para expresarse.

Me preocupa más quien lleva años sin permitirse llorar que quien llora con facilidad.

Porque las lágrimas no siempre anuncian que alguien está mal. Muchas veces son la señal de que, después de mucho tiempo, por fin está empezando a sanar.

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Estoy convencido de que el verdadero problema no es llorar. El problema es que un día nos convencieron de que sentir y llorar debía vivirse en silencio y muchas veces, en soledad.

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