Era una mañana de martes, por allá en el 2022. En el consultorio que ocupaba, cerca de Provenza, en El Poblado, olía a café recién hecho y la lluvia golpeaba suave las ventanas. Medellín amanecía gris.
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Ellos llevaban nueve años de casados cuando llegaron a consulta. Entraron juntos, pero no conectados. Recuerdo mucho a esa pareja porque representaban algo que veo frecuentemente: personas que siguen compartiendo la vida con un trato amable, pero dejaron de encontrarse emocionalmente hace mucho tiempo.
Buscaron ayuda porque empezaron a sentirse extraños viviendo juntos.
Ya casi no conversaban, la risa había desaparecido y los planes en pareja o familia fueron reemplazados por actividades del hijo o conversaciones que parecían reuniones de trabajo verificando una lista de tareas.
Sin darse cuenta, dejaron de habitar la relación y empezaron únicamente a administrarla.
Lo más curioso es que no llegaban peleando. No se gritaban. Tampoco había una gran crisis. Y justamente eso era lo más doloroso. Parecían dos compañeros administrando una empresa llamada hogar.
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“Yo recojo al niño, organizo la ropa y preparo la comida. Él paga las cuentas, saca al perro y hace las vueltas del carro”.
Todo funcionaba: la casa, la rutina y las responsabilidades. Menos ellos.
En psicología de pareja vemos algo muy común: relaciones que sostienen la estructura, pero pierden el vínculo emocional. Y cuando el vínculo se deteriora aparece una profunda sensación de soledad acompañada.
En medio de la segunda sesión ocurrió algo sencillo, pero revelador. Mientras ella hablaba, él miraba el celular. Entonces ella guardó silencio y le dijo:
¿Si ves? Esto es exactamente lo que pasa todo el tiempo. Estoy aquí… pero ya no siento que estés conmigo.
El silencio que vino después lo dijo todo. Creo que en ese momento los dos entendieron la desconexión en la que estaban viviendo.
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Luego ella dijo algo que todavía recuerdo: “Siento que me estoy desconectando y muriendo en vida”.
Y creo que muchas personas podrían entender esa frase. Hay un cansancio emocional que desgasta lentamente y aparece cuando dejamos de sentirnos vistos, escuchados o importantes para el otro.
Entonces la relación entra en “piloto automático”. Ya no se preguntan cómo están, ya no se abrazan con intención y ya no conversan de verdad. Solo coordinan responsabilidades.
Y sí, suena fuerte, pero es real:
Hay parejas que no se aman, solo se administran.
Quiero ser claro: en una relación sí debe existir logística, orden y acuerdos. La convivencia necesita estructura. El problema aparece cuando toda la relación se reduce únicamente a eso.
Porque las relaciones no funcionan solamente cumpliendo tareas o solamente con amor. Necesitan equilibrio y presencia emocional. Presencia es mirar, escuchar y sentir que todavía importamos más allá de las obligaciones.
A veces la crisis no se llama infidelidad. A veces se llama rutina, inconsciencia o costumbre; una costumbre que anestesia el vínculo y convierte a dos personas en habitantes de una misma rutina.
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Recuerdo que al final de la sesión les hice una pregunta sencilla:
¿Hace cuánto no conversan sin hablar de pendientes?
Se miraron y ninguno supo responder. Y quizás ahí empieza parte de la solución: volver a preguntarnos cómo nos sentimos, recuperar pequeños gestos de afecto, tener espacios sin pantallas, hablar de emociones y hacer cosas juntos que rompan la rutina.
Porque el amor no suele acabarse de un día para otro; muchas veces simplemente deja de cuidarse.
A veces salvar una relación no empieza con un gran viaje, regalos suntuosos, ni con una promesa enorme. A veces empieza simplemente volviendo a mirar al otro con presencia real.





