Hay una expresión que aparece con bastante frecuencia en conversaciones sobre arte y cultura: “formación de públicos”. Sin embargo, también con frecuencia pienso si realmente entendemos —y entiendo— qué significa. A veces hablamos de los públicos como si aparecieran espontáneamente al abrir las puertas de un teatro, programar un concierto o inaugurar una exposición para que, de manera natural, ellos lleguen, permanezcan y regresen.
Pero la realidad es más compleja, pues detrás de cada espectador hay una historia: una primera visita a una biblioteca, una salida escolar a un museo, un profesor que recomendó un libro, una conversación familiar, un amigo que nos llevó a una obra de teatro o a un concierto que, en algún momento, nunca habríamos elegido por cuenta propia.
Por eso, cuando hablamos de formación de públicos, en realidad estamos hablando de algo mucho más amplio que la asistencia a un evento cultural. Se trata, por el contrario, de la formación de hábitos que nacen, en un primer momento, de la curiosidad. Del mismo modo en que aprendemos a leer, también aprendemos a mirar, a escuchar, a apreciar y a relacionarnos con distintas manifestaciones artísticas.
En ese proceso participan, a lo largo de la vida, muchos más actores de los que solemos imaginar. Por ejemplo: la familia, cuando acerca a los niños a experiencias culturales; el colegio, cuando entiende que el arte no es un complemento, sino una forma de conocimiento; los medios, cuando amplían la conversación cultural más allá de la agenda de eventos. Y, por supuesto, las instituciones culturales, pero también las comunidades y los propios ciudadanos.
Los públicos en proceso de formación son aquellos que están construyendo una relación con el arte a lo largo del tiempo. Son personas que vuelven, recomiendan, cuestionan, comparan y encuentran significado en aquello que experimentan. Por ello, se deben entender más allá de las estadísticas de asistencia u ocupación.
Antes que formar espectadores, una ciudad forma maneras de sentir, de escuchar y de participar. Y cuando eso ocurre, la cultura comienza a volverse parte de la cotidianidad. Tal vez ahí comienza la verdadera formación de públicos: cuando alguien descubre que quiere regresar.





