En los últimos meses, en diferentes espacios alrededor de Latinoamérica, he conversado con emprendedores en etapas tempranas, aquellos que apenas están testeando su modelo de negocio en el mercado con un Producto Mínimo Viable (MVP) y, si van bien, cerrando sus primeras ventas. Sin embargo, hay un patrón que me llama la atención y me invita a la reflexión: pareciera que, impulsados por la rapidez con la que está evolucionando la tecnología, liderada por la Inteligencia Artificial, y la velocidad con la que hoy se puede crear una empresa, estamos volviendo a ver valoraciones que desafían la realidad. Como en 2021, durante el frenesí previo a lo que hoy conocemos como el ‘VC Winter’.
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Desde mi punto de vista, no es normal que un emprendedor que empezó hace unas semanas, que apenas está validando una idea ‘basada en AI’ y que aún no tiene ventas reales, te diga con total tranquilidad que su empresa vale “5 millones de dólares pre-revenue“. Esto me deja preguntas como:
¿Es esto normal? ¿El que está desactualizado soy yo? ¿Se está generando más valor o simplemente se genera más rápido? Y, por pura lógica económica, si construir es más ágil y económico, ¿no debería esto traducirse en rondas más pequeñas y mejor sustentadas, en lugar de valoraciones cada vez más desconectadas de la realidad?
Para poner las cosas en perspectiva, una empresa en etapa pre-revenue (sin ingresos) usualmente acude a su círculo más cercano para buscar capital: familiares, amigos (Family & Friends). En América Latina hoy, una ronda de inversión Early-Stage estándar implica levantar un ticket promedio de entre $100.000 y $500.000 dólares. Estos recursos tradicionalmente se utilizan para contratar a los primeros empleados y construir el producto más básico que permita salir a la calle a validar la propuesta de valor con clientes reales. Y, según el más reciente reporte de Cuántico, esta etapa vivió una fuerte contracción en 2025, donde el capital total desplegado para pre-seed cayó, confirmando que los inversionistas cerraron la chequera y elevaron la exigencia antes de invertir.
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En 2021, en un contexto global de tasas de interés bajas y ‘estabilidad’ geopolítica, había un exceso de liquidez en los mercados (dry powder). Se premiaba el crecimiento acelerado, contratando una gran cantidad de desarrolladores de software, equipos comerciales y de producto para desarrollar y validar el primer MVP. El capital era barato, pero el talento para desarrollar la tecnología era caro. Según datos de LAVCA, ese año la región captó la cifra récord de casi $16.000 millones de dólares en Venture Capital.
Pero hoy, la ecuación se invirtió por completo: el capital es caro y la tecnología, barata. Según estudios recientes de McKinsey, las herramientas de IA permiten a los desarrolladores de software completar tareas hasta el doble de rápido, incrementando la productividad entre un 20 % y un 45 %. Un equipo pequeño puede lanzar una plataforma funcional en cuestión de semanas, reduciendo sus costos operativos a una fracción de lo que costaba hace tres años.
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Ahí está la paradoja: si la IA bajó considerablemente el costo marginal de crear un producto y lanzarlo al mercado, lo lógico sería levantar menos capital y llegar con un producto mejor validado, no llegar a defender valoraciones cada vez más altas.
Los tiempos cambiaron; podríamos decir que la euforia también, aun cuando recientemente cerca del 50 % del capital de riesgo a nivel global se ha destinado a empresas de IA (como OpenAI o Anthropic), según Crunchbase (otras ligas, otros contextos). Hoy el dinero es costoso en nuestro contexto latinoamericano, donde además la alta carga tributaria, la burocracia y las constantes señales de incertidumbre económica no hacen las cosas fáciles y han vuelto a los fondos de Venture Capital mucho más conservadores y exigentes. Hoy se premia la estabilidad, el crecimiento sostenible, la rentabilidad y una ruta clara de salida en el mediano plazo.
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En resumen, la Inteligencia Artificial bajó la barrera de entrada, democratizando la creación rápida de empresas. Sin embargo, debido a esa sobreoferta de ideas, la barrera para levantar inversión subió, así como las expectativas sobre las empresas.
Creo que sí estamos en una era donde estar apalancado en tecnología (incluyendo IA) es imperativo para cualquier modelo de negocio, pero debemos ser claros: no estamos en 2021. En la era actual, crear el producto es barato, el capital es costoso y la tecnología es un insumo indispensable para lanzar un producto rápido y fácil al mercado. Pero lo que realmente hace que una empresa valga millones es una gran idea, apalancada en tecnología, que pueda resolver ineficiencias reales en una industria específica. La generación de valor migró: hoy el valor está en los efectos de red y en la ventaja competitiva.
Finalmente, lo que termina de marcar la diferencia es un equipo que tenga una ejecución impecable, resiliencia y que demuestre que puede sobrevivir, crecer, escalar y salir.





