¿Qué nos queda después de las elecciones presidenciales?
Ya pasó, los boletines dejaron de actualizarse, las calles volvieron a su ritmo de siempre y una dupla electa en democracia, Abelardo de la Espriella Otero y José Manuel Restrepo Abonado, quedó escrita en la historia como quienes guiarán el destino de Colombia por los próximos cuatro años. Pero hay algo que ningún resultado electoral puede definir por sí solo y es la pregunta que de verdad importa cuando todo vuelve a la normalidad: ¿qué hacemos ahora con el país que tenemos? Porque un resultado, por contundente o estrecho que sea, no resuelve nada por sí mismo. Ganar una elección no es ganar un país, eso se construye después, todos los días, entre quienes votaron distinto y tienen que seguir siendo vecinos, colegas, familia, o amigos.
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Soy una amante del fútbol y me gusta hacer la analogía de lo que viene para nuestro país como un partido, porque pocas cosas nos unen como la Selección Colombia representándonos internacionalmente, como ocurre ahora en el mundial. Cuando juega La Tricolor no preguntamos por quién votó el delantero, ni a qué orilla política pertenece el portero; nos ponemos la misma camiseta, gritamos el mismo gol y sufrimos juntos cada pelota que está en juego.
Pues bien, ya estamos jugando el partido más importante de nuestras vidas y no se trata de un mundial, se trata de Colombia misma. El rival no es el candidato que perdió ni el que ganó, el rival es la indiferencia, la resignación, la destrucción, la violencia, la idea cómoda de que el país funciona o se hunde por culpa de otros, nunca por lo que cada uno de nosotros decide hacer o dejar de hacer desde su lugar.
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En este partido ninguno de nosotros es suplente, no hay colombiano que se pueda dar el lujo de mirar desde la tribuna o la banca, porque la cancha es la calle donde vivimos, el barrio que cuidamos, el lugar donde trabajamos o el colegio o universidad donde se forman los que en un futuro cercano tomarán estas mismas decisiones.
La polarización es una trinchera cómoda, desde ella no hay que escuchar al otro, no hay que entender sus razones, basta con repetir que tiene la culpa de todo y se pierde la posibilidad de la construcción colectiva. Un puente, en cambio, exige algo más valiente porque se camina hacia el otro lado sin saber con certeza qué vamos a encontrar. Extender puentes no significa renunciar a lo que pensamos, ni fingir que todas las ideas son iguales; por el contrario, significa aceptar que quien piensa distinto también lo hace por este país, también quiere lo mejor para sus hijos, también madruga, trabaja y sueña con un futuro mejor. Esa es la única base real sobre la cual se construye una nación, donde el reconocimiento mutuo de que todos estamos jugando del mismo lado, el de Colombia, eso es democracia.
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Hoy más que nunca necesitamos ciudadanos que sepan disentir, gobernantes que sepan gobernar para todos y no solo para quienes los eligieron y una sociedad civil dispuesta a exigir lo segundo sin abandonar lo primero. El nuevo gobierno hereda desafíos como la desigualdad que sigue marcando quién accede a oportunidades y quién no, una crisis económica profunda, con un endeudamiento de la nación nunca visto y una institucionalidad que necesita recuperar confianza ciudadana, entre otros muchos temas que no están funcionando bien. Ninguno de estos retos se resuelve desde una sola orilla ideológica y tampoco admite cuatro años más de parálisis disfrazada de discurso.
Y aquí quiero detenerme, porque desde las aulas de clase, mi razón de ser y proyecto de vida, se ve algo que desde otros lugares cuesta reconocer: el verdadero futuro de Colombia no se decide en una urna cada cuatro años, se decide cada mañana en cada salón de clase del país. Ahí, en ese instante en que un estudiante levanta la mano para preguntar algo, se está construyendo el ciudadano que en dos o tres décadas tendrá que tomar decisiones más sabias que las que hoy nos dividen; por eso la educación es la base del desarrollo social, no es la cenicienta, o la menos importante de la ecuación, como se ha hecho creer en los últimos años con decisiones, acciones o declaraciones, que para quienes amamos la academia, nos resistimos a validar.
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Si de verdad queremos dejar atrás la polarización, no basta con pedirle a los adultos de hoy que se reconcilien. Hay que formar, desde la primera infancia, generaciones capaces de discutir sin odiar, sin deshumanizar, o invalidar el pensamiento divergente; de defender una idea sin necesitar destruir al que piensa distinto, como lo vemos actualmente. Este comportamiento no se decreta desde un cargo público, o una ley, se siembra en el campus de cada institución educativa, en la manera en que un maestro modela el respeto por la diferencia, en cada proyecto que les enseña a los estudiantes a trabajar en equipo con compañeros que no piensan igual que ellos.
La educación es, en últimas, el puente más duradero que un país puede construir, porque no depende de quién gobierne hoy sino de lo que sembremos para quienes gobernarán mañana. Un país que invierte en su educación, que cuida a sus maestros, que les enseña a sus niños y jóvenes a pensar con rigor y a convivir con respeto, está jugando para ganar el verdadero partido de largo plazo, el de una Colombia que ya no necesite elegir entre dos orillas enfrentadas porque aprendió a construir, desde la diferencia, un solo proyecto compartido.
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Las elecciones presidenciales ya pasaron, lo que nos queda es, justamente, lo que más importa, la posibilidad de decidir desde el lugar que cada uno ocupa, qué tipo de país queremos seguir construyendo. Que cada colombiano, sin importar por quién votó o si decidió votar en blanco o no hacerlo, se ponga la camiseta de este equipo que es Colombia, porque el verdadero triunfo no se mide en boletines de escrutinio sino en la calidad de vida, la dignidad, la libertad y las oportunidades que seamos capaces de garantizarle a todos, pero especialmente a cada niño que hoy está sentado en un salón de clase soñando con un futuro mejor.
El silbato para comenzar el partido ya sonó, Colombia decidió y el juego de nuestras vidas comienza ahora, todos los días, en cada acción de país que decidamos construir juntos. Cada uno elija qué jugador quiere ser: delantero, centro, defensa, portero, aquí lo importante es que, como la selección, lo dejemos todo en la cancha, para ganar el partido que nos traerá un futuro brillante y más prometedor, como todos lo merecemos.




