Hace algunos años, durante mi doctorado en Burdeos, Francia, compartí oficina con dos investigadores marroquíes, un mexicano, mi director de tesis francés, y profesores y compañeros que iban y venían entre España, Inglaterra, Japón, Portugal y Francia.
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No siempre fue sencillo, era una de las pocas mujeres del laboratorio, la única de mi cohorte de doctorandos y, para completar el panorama, algunas personas llegaban con ideas preconcebidas sobre Colombia. Más de una vez tuve que responder preguntas incómodas o enfrentar comentarios que revelaban cuánto desconocimiento existe sobre nuestro país.
Al principio reaccionaba a la defensiva, me daba rabia, sentía que debía corregir cada prejuicio, desmontar cada estereotipo y defender una versión más justa de quiénes somos los colombianos, realmente me molestaba que la imagen de mi país estuviera reducida a unas pocas referencias que poco tenían que ver con la complejidad y riqueza de nuestra realidad.
Con el tiempo entendí que la mayoría de las personas no actuaba desde la mala intención, solo desde la ausencia de contexto (yo misma me encontraba teniendo prejuicios frente a otros) y ahí empecé a encontrar una herramienta mucho más útil que la confrontación, empecé a contar historias (me las imaginaba con tiempo).
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Hice una lista de frases que me servían para lo más incómodo, les hablé de un país desigual, pero también de resiliencia, de la fuerza de nuestras familias, de la creatividad con la que resolvemos problemas, de la capacidad que tenemos para recibir al otro incluso en medio de las dificultades, me propuse mostrarles una Colombia que no aparecía en los titulares internacionales ni en las series de moda de ese momento que exportaban una visión parcial de nuestra historia.
Curiosamente, mientras yo les ayudaba a comprender mejor mi realidad, ellos me ayudaban a comprender la de ellos, aprendí sobre Marruecos mucho más allá de los estereotipos occidentales, comprendí las diferencias regionales dentro de Francia, descubrí formas distintas de relacionarse con el trabajo, la autoridad, el tiempo, la familia y el éxito, entendí que conceptos que yo consideraba universales eran, en realidad, profundamente culturales, cada conversación ampliaba un poco más mi mapa mental.
Lo interesante es que ese aprendizaje no ocurrió en un salón de clase ni en un seminario especializado de programa que estaba haciendo, todo se daba en un cafecito, un almuerzo, mientras trabajabamos en algún proyecto de investigación y especialmente en las conversaciones cotidianas, todo durante la convivencia.
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Más tarde, en otro momento, me di cuenta que la neurociencia ofrece una explicación interesante para este fenómeno, las llamadas neuronas espejo participan en nuestra capacidad de comprender emociones, intenciones y comportamientos de otras personas, son parte de los mecanismos que facilitan la empatía y el aprendizaje social, en otras palabras, los seres humanos estamos diseñados para conectar y para responder, como espejos, a distintos estímulos.
Sin embargo, esa capacidad necesita una condición fundamental que es la exposición al otro, ahí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo y es que vivimos en una época hiperconectada, podemos comunicarnos en segundos con cualquier lugar del planeta, acceder a información infinita y conocer acontecimientos que ocurren al otro lado del mundo en tiempo real, pero esa conexión tecnológica no siempre se traduce en comprensión humana de la que hablo.
De hecho, muchas veces ocurre lo contrario, hoy los algoritmos tienden a mostrarnos contenidos que refuerzan nuestras creencias, estereotipos, preferencias y formas de ver el mundo. Terminamos rodeados de personas que piensan parecido, consumimos información que confirma nuestras opiniones y reducimos las oportunidades de encontrarnos con perspectivas diferentes.
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Por eso la interculturalidad se ha convertido en una de las competencias más importantes del siglo XXI y una de las que consideramos más valiosas en la Universidad EIA. Ojo, cuando hablo de interculturalidad no me refiero únicamente a viajar o aprender idiomas, hablo de desarrollar la capacidad de escuchar una experiencia distinta sin sentir que nuestra propia identidad está siendo cuestionada. Me refiero a hacer preguntas antes de emitir juicios, reconocer que existen múltiples formas válidas de entender la realidad.
Las organizaciones lo saben ya, los equipos más diversos suelen encontrar soluciones más creativas porque reúne perspectivas distintas frente a un mismo problema. Las universidades lo sabemos porque la producción de conocimiento depende cada vez más de redes globales de colaboración y, por supuesto, las ciudades también lo saben porque buena parte de los desafíos actuales requieren conversaciones entre personas que provienen de contextos muy diferentes.
Hace algunos días regresé de Orlando, donde participé en NAFSA, el encuentro de educación internacional más grande del mundo, más de 103 países reunidos alrededor de un propósito común: la educación.
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Mientras recorría los pabellones observaba universidades, organizaciones, investigadores, profesores y líderes educativos provenientes de culturas muy distintas, escuchaba idiomas diferentes, veía conversaciones que cruzaban continentes y recordaba aquella pequeña oficina en Burdeos donde años atrás había comenzado mi propio aprendizaje sobre la empatía y la comprensión intercultural.
Porque, al final, la escena era la misma, personas con historias distintas buscando puntos de encuentro, individuos que probablemente no compartían las mismas referencias culturales, políticas o sociales, pero que encontraban un propósito común para colaborar.
En una época donde abundan las opiniones rápidas, los prejuicios instantáneos y las verdades simplificadas, ampliar nuestra perspectiva puede convertirse en un acto de liderazgo que deseamos para todos nuestros estudiantes porque cada vez que entendemos mejor a alguien diferente, también entendemos mejor quiénes somos nosotros.
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