Por estos días se repite una idea con demasiada facilidad, que los jóvenes ya no quieren estudiar, que prefieren “hacer plata rápido” o aprender solos en internet, como si la universidad hubiera dejado de tener sentido. Aunque el mundo cambió y hoy existen muchas formas de aprender, me preocupa que estemos reduciendo la educación superior únicamente a una ecuación financiera, cuánto cuesta versus cuánto dinero devuelve porque ir a la universidad nunca ha sido solo eso.
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Hace unos años, en una conversación de orientación profesional, un joven me dijo que un familiar suyo lo animó a pedirle la plata de la matrícula a su papá para invertirla en unos caballos, según este chico su familiar le podía asegurar más rentabilidad en menos tiempo con ese negocio. Seguramente tenía razón en algo, tal vez podría retornar la inversión más rápido, pero mi respuesta fue “¿Y por qué te vas a perder esta experiencia de vida si puedes tenerla?” (solo 4 de cada 10 bachilleres puede entrar a la Universidad una vez se gradúa).
Se quedó callado un rato porque hay algo que no cabe en esa lógica, la universidad no es solamente un lugar para obtener conocimientos técnicos que lo lleven a producir, es uno de los pocos espacios de la vida donde coinciden cientos de personas distintas, en el mismo momento, intentando descubrir quiénes son y qué quieren construir.
En el salón de clase puede estar sentado el futuro socio, alguien con quien años después montarán empresa, también puede estar la persona que te abrirá la puerta a un trabajo, te recomendará en un proyecto, incluso quien un día termine siendo tu jefe, o también puede estar el amor de tu vida.
La universidad sigue siendo, quizá como ningún otro espacio, un lugar de encuentros que transforman el rumbo de una persona.
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Muchas veces creemos que el networking ocurre únicamente en congresos elegantes o reuniones corporativas, pero empieza mucho antes en un trabajo en grupo a las diez de la noche, en una conversación en la cafetería, con el compañero con el que uno se queja de un parcial difícil y termina construyendo una amistad de años.
La universidad enseña a convivir con personas diferentes, a escuchar ideas contrarias, a trabajar con quien piensa distinto y eso, en un mundo cada vez más polarizado y acelerado, vale muchísimo.
Además, no deja de ser uno de los primeros lugares donde muchos jóvenes toman decisiones por sí mismos, aprenden a organizar su tiempo, enfrentan frustraciones, descubren talentos que no sabían que tenían y desarrollan habilidades que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar completamente como liderazgo, empatía, pensamiento crítico, capacidad de argumentar, resiliencia y trabajo en equipo.
A veces hablamos de la educación superior únicamente desde la empleabilidad y olvidamos que también es un escenario para crecer como persona, no todo aprendizaje ocurre dentro del aula, tal vez las conversaciones más importantes suceden en los pasillos, en las bibliotecas, en un café después de clase o un ‘perrito del Mono’ después de un parcial.
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Yo misma recuerdo que muchas de las cosas que más marcaron mi vida profesional no vinieron solamente de la tesis o el trabajo, sino de las personas que conocí en ese camino, incluidos profes que cambiaron mi manera de ver el mundo, compañeros que me retaron intelectualmente y amistades que siguen presentes muchos años después, con quienes he emprendido, trabajado y construido.
Y creo que ahí está una de las grandes equivocaciones cuando hablamos de los jóvenes, asumir que no quieren aprender, cuando en realidad sí quieren hacerlo, solo que, buscando mejor el sentido de las cosas, ellos lo que quieren es entender para qué sirve lo que estudian, cómo conectarlo con su proyecto de vida y cómo construir algo propio en medio de un mundo incierto.
En la Universidad EIA venimos construyendo un proceso de evolución, en una época donde todo parece cada vez más virtual, rápido y fragmentado, los espacios reales de encuentro humano se vuelven más importantes para los estudiantes y eso queremos lograr:
Que la U se convierta en un espacio donde encuentren pasiones nuevas, se equivoquen y vuelvan a empezar, encuentren personas que amplían su mirada, se den cuenta que no tienen todas las respuestas, entiendan que el conocimiento no sirve solo para producir dinero, sino también para construir criterio, sensibilidad y propósito.
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Y tal vez ese joven habría logrado hacer buenas inversiones en el negocio de caballos de su familia sin ir a la universidad. Pero hay algo mucho más valioso de lo que no quiso perderse y que hoy lo tiene haciendo parte de nuestra Universidad: pertenecer a un grupo de estudio con jóvenes de distintas áreas del conocimiento, viajar con ellos para competir y medir sus capacidades frente a estudiantes de otras ciudades, descubrir nuevas maneras de pensar y construir amistades. Hoy, además, está a punto de iniciar su práctica profesional en una de las consultoras más grandes del mundo, demostrando que la universidad no solo amplía conocimientos, sino también horizontes, oportunidades y maneras de habitar el futuro.
La universidad seguirá siendo atractiva no solo por los títulos que entrega, sino por las conversaciones, las conexiones y las experiencias que provoca porque más allá del diploma, sigue siendo uno de los lugares donde una persona puede descubrir quién quiere ser.
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